En el corazón de Cuernavaca, Morelos, una manifestación convocada por colectivos civiles y sindicales desplegaba banderas y consignas contra lo que denominaban una “incursión imperialista” de Estados Unidos en Venezuela. La narrativa, repetida ante los micrófonos, parecía cohesionada. Sin embargo, una pregunta persistente queda en el aire: ¿qué sucede cuando el relato político choca frontalmente con el testimonio vivido de quien ha escapado de esa misma realidad?
Mientras los activistas, entre ellos José Martínez Cruz de la Comisión de Derechos Humanos local, argumentaban sobre el dominio estadounidense y trazaban paralelismos históricos con México, una escena inesperada comenzó a gestarse. Una mujer, acompañada de una niña, cruzaba la plaza. Al escuchar las proclamas, su trayectoria cambió. No era una observadora más; era una ciudadana venezolana que, según nuestra investigación, reside actualmente en México.
Su intervención no fue un comentario, fue un desgarro en el guion establecido. “Yo sí soy venezolana y sé lo que se padece; ustedes no saben lo que se sufre. En Venezuela no hubo una invasión”, gritó, dirigiendo su molestia directamente hacia los organizadores que expresaban solidaridad con el gobierno de Nicolás Maduro. Este momento, capturado en video, es más que un altercado callejero: es la materialización de un profundo conflicto de narrativas. ¿A quién creerle: a los activistas que protestan desde la teoría geopolítica o a la ciudadana que habla desde la experiencia personal del éxodo?
El representante de derechos humanos intentó redirigir el debate hacia el imperialismo, pero la mujer fue contundente: negó la premisa fundamental de la protesta. Su testimonio sugiere una realidad venezolana donde la crisis, desde su perspectiva, no tiene su origen en una invasión militar extranjera. Este punto de fricción revela una capa más compleja del activismo internacional: la posibilidad de que las solidaridades ideológicas, a veces, puedan opacar o instrumentalizar las voces de aquellos a quienes dicen defender.
Al profundizar, encontramos que este no es un incidente aislado. Comunidades de la diáspora venezolana en distintos países han expresado frustración similar cuando observan manifestaciones de apoyo al régimen de Maduro en el exterior. Plantea un dilema ético para el activismo: ¿dónde está el límite entre la solidaridad política con un gobierno y el reconocimiento de las experiencias traumáticas de sus ciudadanos?
La revelación final de este cruce de caminos en Cuernavaca es incómoda pero necesaria. Expone que, detrás de las consignas políticas y las banderas, existe un abismo de percepción. Mientras un sector protesta contra una intervención que define en términos abstractos, otra voz, cargada de la autoridad del que ha vivido la crisis, emerge para cuestionar los fundamentos mismos de esa protesta. La conclusión no es sobre quién tiene la razón, sino sobre la imperiosa necesidad de escuchar, realmente escuchar, a las voces que surgen desde dentro del mismo corazón del conflicto, antes de definir solidaridades desde la distancia. La verdad, a menudo, no se grita en las megáfonos, sino que irrumpe en medio de ellas para desafiarlas.















