La historia parece sacada de una película, pero es real. Ryan James Wedding, quien alguna vez compitió en las montañas nevadas por Canadá, terminó sus días de gloria en una lista mucho menos honorable: la de los diez fugitivos más buscados por el FBI. Su captura en la Ciudad de México este viernes cierra un capítulo intenso de narcotráfico y crimen organizado.
Las autoridades estadounidenses lo buscaban por cargos graves: tráfico de cocaína, asesinato y crimen organizado transnacional. Se le acusa de operar con el Cártel de Sinaloa para mover droga desde Colombia hacia Estados Unidos y Canadá, y de ordenar el asesinato de un testigo federal el año pasado. La recompensa por su cabeza era de 15 millones de dólares.
“Esta operación es el resultado de una gran cooperación y trabajo en equipo con el Gobierno de México”, declaró Kash Patel, director del FBI.
Aquí es donde la narrativa se pone interesante. Mientras el FBI habla de un “operativo complejo y de alto riesgo” ejecutado por su equipo de élite HRT (el mismo que capturó a Nicolás Maduro), las versiones mexicanas pintan un cuadro diferente.
Omar García Harfuch, secretario de Seguridad mexicano, afirma que Wedding “se entregó voluntariamente” en la Embajada de Estados Unidos tras reuniones entre autoridades de ambos países. Un detalle no menor que cambia completamente el tono del relato.
“Esta detención es un ejemplo de lo que se puede lograr cuando trabajamos juntos como socios soberanos”, dijo Ronald Johnson, embajador estadounidense en México.
Lo que queda claro entre las diferencias narrativas es que Wedding ya está bajo custodia estadounidense. Su caso representa otro golpe contra las redes criminales transnacionales, pero también muestra cómo la cooperación internacional puede tener múltiples versiones dependiendo del lado de la frontera desde donde se cuente.
















