En un acto de pura lógica tropical, el canciller cubano Bruno Rodríguez voló a Moscú. Su misión: discutir la crisis energética que tiene a su país sumido en apagones y colas por combustible. La ironía del viaje, consumiendo queroseno para hablar de escasez de queroseno, no pasó desapercibida.
“Junto con la mayoría de la comunidad internacional, pedimos a Estados Unidos que adopte un enfoque responsable”, declaró Sergey Lavrov desde su despacho en Rusia.
El ministro ruso instó a Washington a levantar el bloqueo, mientras ofrecía el apoyo eterno de Moscú. Una solidaridad que, curiosamente, siempre requiere de contratos y acuerdos bilaterales por firmar.
La visita pinta el retrato perfecto de la geopolítica moderna. Cuba, estrangulada por un embargo petrolero, envía a su principal diplomático a atravesar medio planeta. El destino: una potencia que libra su propia guerra y cuyas prioridades energéticas están, comprensiblemente, en otro lugar.
Se habla de soberanía y seguridad en salones alfombrados, lejos de los generadores silenciosos y las cocinas frías. La cooperación se intensifica en papeles y declaraciones, mientras los cubanos buscan literalmente una vela que no haya sido racionada.
Es el ballet absurdo de las necesidades urgentes: viajar lejos para solucionar lo que falta justo aquí. La estabilidad energética se negocia entre banderas y fotos protocolarias, mientras la realidad es un interruptor que no enciende nada.


















