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El contrabando de azúcar amarga la economía mexicana

Un mercado paralelo socava la industria nacional, desatando una crisis de precios sin precedentes en décadas.

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La economía azucarera nacional se enfrenta a un desafío silencioso y demoledor: un flujo clandestino de edulcorante que socava sus cimientos. No se trata de un problema menor, sino de una infiltración sistemática de aproximadamente 40 mil toneladas anuales que penetran la frontera sur, desafiando las leyes y evaporando la competitividad del campo mexicano.

Los productores de caña en Chiapas señalan con el dedo acusador dos vías de acceso ilegal que operan con impunidad: el cruce terrestre por Frontera Comalapa y el tráfico fluvial a través de las balsas en el río Suchiate. Esta no es una mera anécdota fronteriza; es el síntoma de un cáncer económico que metastatiza en el mercado interno.

Lorenzo Pale, representante del Sindicato Azucarero, pone la magnitud del problema en una perspectiva alarmante. La suma del azúcar centroamericana –700 mil toneladas entre legales e ilegales– más 1,300 toneladas de jarabe de alta fructosa, ha creado una tormenta perfecta. El resultado: una depreciación catastrófica del precio local, un colapso que no se vivía desde hace un cuarto de siglo.

¿La solución convencional? Negociar con las secretarías de Economía y Agricultura para elevar las barreras arancelarias. Pero, ¿y si en lugar de levantar muros, reinventamos el juego? Imaginemos, por un instante, transformar esta amenaza logística en una oportunidad de integración regional que beneficie a todos los actores, no solo a los coyotes.

En Chiapas, la crudeza de los números es inapelable. Esas 40 mil toneladas de contrabando representan el 13.3% de la producción total de sus dos ingenios, el de Huixtla y el de Pujiltic. Esta no es una guerra de números; es una batalla por la supervivencia de comunidades enteras.

Gilberto Ocaña Flores desenmascara la realidad en los estantes: la marca guatemalteca ‘Don Justo Cabal’ se comercializa legalmente en su país, pero cruza la frontera evadiendo impuestos, colocándose en el mercado a 15 pesos el kilo frente a los 19 pesos del producto nacional Zucarmex. El consumidor, seducido por el precio, se convierte sin saberlo en cómplice de un ecosistema de ilegalidad. La pregunta disruptiva es: ¿cómo podemos agregar tanto valor al azúcar mexicana que su precio deje de ser el único factor de decisión?

Otra marca, ‘Caña Real’, compite abiertamente con la mexicana en los mercados de Chiapas. La pasividad de las autoridades estatales y federales es el oxígeno que alimenta este fuego. El clamor de Aquilo Meza Pérez, presidente de la Asociación de Cañeros del Soconusco, es un grito en el desierto: piden ser vistos, que se atienda el saqueo en la frontera sur.

Pero la verdadera innovación no yace en reforzar la vigilancia, sino en repensar radicalmente el modelo. ¿Y si en lugar de verlo como contrabando, lo vemos como un excedente de un vecino que busca un mercado? El pensamiento lateral nos invita a explorar alianzas binacionales, a crear una denominación de origen para el azúcar de la región, a desarrollar productos de altísimo valor a partir de la caña que hagan irrelevante la guerra de precios. La crisis no es de contrabando; es de imaginación. El futuro del endulzante no está en levantar barreras, sino en construir puentes hacia una nueva economía del azúcar.

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