La arena política mexicana es un campo de batalla donde las acusaciones vuelan como proyectiles, pero tras el ruido, un veterano observador aprende a distinguir el fuego real de la pólvora mojada. El reciente intercambio entre Alejandro “Alito” Moreno, del PRI, y Jorge Álvarez Máynez, de Movimiento Ciudadano, es un capítulo más de un guion que he visto repetirse: la oposición fragmentada gastando sus energías en descalificarse mutuamente, mientras el poder se consolida.
Moreno arremetió contra Álvarez Máynez, tachándolo de “pequeño imbécil” e “hipócrita”, tras las críticas de este último al llamado PRIAN por su silencio ante la situación en Venezuela y la imposición de Delcy Rodríguez. “Simulas criticar la narcodictadura de Nicolás Maduro porque el mundo entero se les fue encima por tibios”, le espetó Moreno. En mis años, he comprobado que esta táctica—señalar la inconsistencia temporal de las críticas—es un arma clásica. Busca minar la credibilidad no atacando el argumento presente, sino explotando los silencios del pasado. La pregunta “¿dónde estabas cuando…?” es un recurso retórico tan viejo como efectivo, diseñado para poner al adversario a la defensiva.
La batalla se traslada a las redes y a los antecedentes estatales
El senador priísta llevó la contienda al terreno de la gestión local, un movimiento estratégico que recuerda lecciones aprendidas: cuando te atacan en un flanco (política exterior), contraataca en otro (administración estatal). Moreno cuestionó a Máynez sobre el tarifazo al transporte en Jalisco y lo vinculó con la figura de Samuel García en Nuevo León, a quien describió como “corrupto, inútil y bueno para nada”. Aquí vemos la complejidad de las coaliciones opositoras: son alianzas frágiles donde los errores de un aliado se convierten en la munición del contrincante interno. No es teoría partidista; es la práctica sucia de la supervivencia política.
La sombra de la tragedia y la acusación de impunidad
El golpe más bajo, y el que revela la profundidad del resentimiento, fue el recuerdo de la tragedia en un evento de campaña en Nuevo León, donde fallecieron personas. “Saliste huyendo como un cobarde y abandonaste a una mujer… ¡Compraste impunidad!”, acusó Moreno. He sido testigo de cómo estos episodios trágicos dejan una huella indeleble en la percepción pública y se convierten en un estigma político que los rivales explotan sin piedad. La pregunta retórica “¿Crees que eso se le ha olvidado al pueblo?” no busca una respuesta, sino reactivar una memoria dolorosa que erosiona la imagen moral del adversario. Es una jugada dura, que cruza la línea de lo político para adentrarse en lo personal, mostrando que en estos enfrentamientos, pocos temas están fuera de los límites.
Al final, este forcejeo verbal, más que aclarar posturas sobre Venezuela o la democracia, expone una verdad incómoda que he visto una y otra vez: la dificultad histórica de la oposición mexicana para construir un frente unido y propositivo. Se consumen en señalar las contradicciones ajenas mientras el electorado, con quien he conversado en incontables encuentros, percibe con escepticismo una pelea que parece más por el espacio de poder opositor que por un proyecto alternativo genuino para el país. La sabiduría práctica dicta que, sin superar estos rencores internos, cualquier crítica a un régimen, sea nacional o extranjero, pierde fuerza y se percibe como lo que quizás es: otro episodio más del eterno teatro político.




















