El dogma cromático de la esperanza semanal

El dogma cromático de la esperanza semanal

Con la irrupción de diciembre, la sociedad occidental se sumerge en su ritual anual de autoconvencimiento masivo. Las calles se visten de un dorado estridente, y los hogares, en un arrebato de fervor consumista, desempolvan el artefacto circular que otorga patente de corso espiritual: la sagrada corona de Adviento.

En este año de Nuestro Señor 2025, este aro de ramas se erige no como un mero ornamento, sino como el baluarte definitivo contra la histeria colectiva. Es el dispositivo oficial para programar la esperanza a plazos, una cuota semanal de reflexión envasada al vacío, perfecta para marcar en el calendario entre la compra del pavo y el pánico por los regalos.

En una era de inteligencia artificial y velocidades de internet que harían llorar a los profetas, este artefacto se mantiene incólume, recordándonos que la tradición más profunda a veces se reduce a la ansiosa espera de poder prender algo sin que suene una alarma contra incendios.

¿Qué es en realidad la corona de Adviento?

En los selectos círculos de las comunidades devotas, la corona de Adviento funciona como un sofisticado semáforo espiritual. Un círculo de follaje perpetuo –una ironía en sí misma, dada la fugacidad de los propósitos– corona cuatro astillas de cera cuya combustión es meticulosamente coreografiada. Cada domingo, un ciudadano, previa consulta con los sumos sacerdotes de Internet, tiene el honor de activar una nueva luz, simulando así un progreso moral hacia una meta que se repite cíclicamente cada doce meses.

Los teólogos de lo inmediato, desde sus púlpitos digitales, proclaman que cada llama simboliza la luz que va “disipando las tinieblas”. Una metáfora conmovedora, si no fuera porque la oscuridad que se disipa suele ser la de una pantalla de móvil, momentáneamente apagada para la ceremonia. Para los más ambiciosos en su búsqueda de méritos celestiales, existe la opción premium: una quinta vela blanca que estalla en gloria el día 25, como un bonus track navideño que garantiza un lugar ligeramente mejor en la cola del cielo.

Su significado trascendental, por supuesto, ha sido diligentemente empaquetado y comercializado como el accesorio indispensable para una espera consciente, un oxímoron moderno donde la paciencia se programa con recordatorios en el teléfono.

El sublime misterio del orden de ignición

He aquí donde la fe se encuentra con el manual de instrucciones. Aunque ningún concilio ecuménico ha decretado una normativa ISO para la pigmentación de la cera, la ortodoxia popular exige una paleta específica: tres velas moradas –color que evoca la penitencia y la humildad, virtudes notoriamente ausentes en las cenas de empresa– y una solitaria rosa, que actúa como el alivio cómico en esta dramaturgia litúrgica.

El encendido de la primera vela morada es un acto cargado de un suspense comparable al de una misión espacial. ¿Por qué morado? Porque nada grita “preparación gozosa” como el color de la contrición y la austeridad. La vela rosa, relegada al tercer domingo, es la concesión divina a la impaciencia humana, un “domingo de gaudete” que permite a los fieles tomar un respiro cromático antes de sumergirse de nuevo en la solemnidad púrpura final. Un ballet de llamas y colores que asegura que, en medio del caos del mundo, lo verdaderamente importante es no equivocarse de vela.

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