El dulce naufragio de la razón en las vías de Nogales

En un suceso que perfectamente podría servir como metáfora fundacional de nuestra era, las venerables vías férreas de Nogales, Sonora, fueron testigos de cómo la civilización industrial descargó su más preciado y pegajoso fluido: el sagrado jarabe de maíz de alta fructosa. No fue petróleo, ni armamento, ni siquiera aquellos granos que alguna vez alimentaron imperios. No. Fue el dorado y omnipresente elixir que endulza nuestros cereales, embota nuestros hígados y sostiene la economía de la obesidad. ¡Qué profundo simbolismo! La máquina que mueve al mundo, literalmente, se desvía para entregar su carga de diabetes líquida a las áridas tierras del norte.

Como es de rigor en estos teatros de lo absurdo, una legión de instituciones acudió presurosa al lugar del “percance”. La Guardia Nacional, con la solemnidad de quien custodia un arsenal, vigilaba los charcos de almíbar. La Agencia Ministerial de Investigación Criminal buscaba, sin duda, al culpable: ¿un riel traicionero, un sueño del maquinista, o acaso la propia gravedad de una carga tan densa en significado? La coordinadora de la Unidad Municipal de Protección Civil, Julia Guadalupe Ochoa, declaró con alivio que el material no era “peligroso”. ¡Claro que no! Solo es peligroso a largo plazo, en las arterias de una nación, en las estadísticas de salud pública. Un veneno lento y legal no merece el distintivo de “peligroso”; ese título está reservado para sustancias que matan con menos delicadeza y sin el beneplácito de la industria alimenticia.

La empresa Ferromex, ese Leviatán de los rieles, “asumió la responsabilidad” con la eficacia burocrática de quien limpia un derrame de agua. Movimientos, maniobras operativas, seguimiento técnico. Un lenguaje estéril para describir el momento en que el símbolo de nuestro progreso —el tren— yace panza arriba, vomitando su contenido más emblemático. No hubo heridos, nos aseguran. ¿Acaso no estamos todos heridos por este sistema que prioriza el transporte de endulzantes baratos sobre el sentido común? El riesgo para la comunidad, declaran, es inexistente. Ignoran el riesgo filosófico, el riesgo de normalizar un mundo donde lo trivial se trata con pompa militar y lo esencial se reduce a una “carga no peligrosa”.

Así, entre protocolos activados y monitoreos preventivos, la sociedad del espectáculo y el consumo anotó otro capítulo glorioso. Un tren descarrilado es una tragedia; un tren descarrilado con jarabe de maíz es una sátira demasiado perfecta, un chiste ácido que escribe sola la realidad. Las autoridades, diligentemente, se ocuparon de que el dulce no manchara la tierra, sin preguntarse por qué demonios nuestra tierra necesita ser regada con semejante néctar industrial. Todo está bajo control. Siempre lo está. Mientras, en las vías de la razón, hace tiempo que nos descarrilamos todos.

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