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El Estado escribe leyes de desaparición sin desaparecer la indiferencia

La burocracia estatal se enfrenta a la memoria colectiva en un acto de resistencia donde las cifras gritan lo que el poder quiere silenciar.

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El Estado escribe leyes de desaparición sin desaparecer la indiferencia

En el sublime teatro de lo absurdo que conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, el Centro de Derechos Humanos de las Mujeres protagonizó una tragicomedia burocrática frente al antimonumento “Plasmando Esperanzas” en Chihuahua. Una ironía suprema: el lugar elegido para clamar por los que no están es el patio frontal de la Fiscalía General del Estado, institución que debería buscarlos pero que parece especializarse en otra cosa: la administración de la ausencia.

Allí, entre el mármol oficial y el dolor particular, los colectivos de búsqueda realizaron el ritual contemporáneo de la desesperación: colocar nuevas placas con nombres de personas desaparecidas. Cada placa, un monumento a la incompetencia estatal; cada nombre, un epitafio para la justicia.

Los dolientes, convertidos en detectives amateur por necesidad, lanzaron una proclama digna de Swift: denunciaron que el Congreso del Estado pretende fabricar una fiscalía especializada en desapariciones sin consultar a los únicos especialistas reales: las familias que hurgan en fosas clandestinas mientras el gobierno hurga en expedientes polvorientos.

«Hemos normalizado lo intolerable» declararon, en el eufemismo del año. ¿Acaso no es deliciosamente grotesco vivir en un país donde los desaparecidos superan la población de muchas ciudades? Donde más de 70 mil cadáveres anónimos esperan identificación en laboratorios forenses como piezas de un rompecabezas macabro que a nadie le interesa armar. El horror, efectivamente, se ha vuelto tan cotidiano como el tráfico o la corrupción.

En Chihuahua, más de 4 mil familias practican ya la telepatía involuntaria: conversan con fantasmas, abrazan sombras, celebran cumpleaños de seres que el Estado no puede encontrar pero sí grabar eficientemente en sus archivos de la ignominia.

La perla satírica final: los legisladores –expertos en leyes tan etéreas como los desaparecidos– pretenden crear una fiscalía especializada sin consultar a las víctimas. ¡Magnífico! Como crear una cocina sin chefs, una orquesta sin músicos. Iniciaron una recopilación de firmas, ese talismán burocrático que los diputados archivarán junto a las otras 130 mil peticiones de auxilio.

El mensaje final, dirigido al Poder Ejecutivo Estatal, Poder Judicial, iglesias y sociedad, fue una joya de la sátira orwelliana: pidieron que no exista nunca más la indiferencia ante el dolor. ¡Qué idea radical! ¿Acaso no saben que la indiferencia es el cemento que une los cimientos de nuestro contrato social moderno? Sin ella, todo el edificio de hipocresía podría venirse abajo.

En este gran cirio de las desapariciones, el Estado ofrece un número de magia: hace desaparecer personas pero no la impunidad; promete fiscalías pero no resultados; legisla sobre el dolor sin consultar a los dolientes. Un espectáculo tan grotesco que hasta Swift envidiaría su perfección satírica.

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