En un espectáculo de precisión matemática que hubiera envidado el más meticuloso relojero suizo, el Servicio Sismológico Nacional (SSN) anunció con orgullo institucional su última y monumental hazaña: la contabilización meticulosa de más de dos mil temblorcitos de cortesía tras el molesto sobresalto principal del 2 de enero. No contentos con medir el gruñido de la Tierra, nuestros eruditos del subsuelo se han embarcado en la titánica tarea de catalogar cada hipo, cada carraspeo, cada suspiro geológico con la devoción de un fraile medieval copiando manuscritos.
Al corte de las 20:00 horas del 4 de enero de 2026, el sagrado conteo ascendía a 2 mil 402 réplicas, siendo la más imponente de todas una de magnitud 4.7, un estornudo en la escala cósmica. ¡Imaginen el derroche de recursos, la febril actividad de sismógrafos y servidores, dedicados a registrar lo que un gato en una alfombra percibiría como una caricia!
La Coreografía del Pánico y el Protocolo
El evento principal, ese rudo despertador de magnitud 6.5, tuvo la descortesía de sonar justo antes de las 08:00 horas. Como es tradición en nuestra moderna polis, la alerta sísmica rugió en altavoces y teléfonos segundos antes de que el suelo decidiera hacer su baile, otorgando a la ciudadanía un valiosísimo intervalo para meditar brevemente sobre la fugacidad de la vida y la calidad de la construcción de su vivienda. El espectáculo fue disfrutado, en vivo y en directo, por las afortunadas audiencias del centro y sur del país, desde Puebla hasta Veracruz, en una función única de teatro geofísico.
El epicentro, ese divo principal, se ubicó con coquetería a 15 kilómetros de San Marcos, Guerrero. A las 09:00 horas, puntuales como un funeral de estado, las autoridades sismológicas ofrecieron el primer boletín: 151 réplicas. La más grande, una tímida 4.2. La máquina burocrática de la catástrofe ya estaba en marcha, generando números con más eficacia que soluciones.
El Saldo Humano: Una Estadística en Dos Actos
Mientras los sismólogos celebraban su cosecha de datos, la tragedia, esa artista melodramática y de mal gusto, escribía su guión en clave menor. El saldo preliminar fue de dos almas entregadas al gran temblor, cada una en un acto distinto de la misma farsa absurda.
En Guerrero, cerca del divo-epicentro, una mujer de unos 50 años protagonizó el acto más crudo: su vivienda, una construcción precaria que era un monumento no declarado a la desigualdad, decidió descansar sobre ella. Las autoridades estatales, magistrales en la pasiva, declararon que “el inmueble no resistió”. Una obra maestra de la obviedad administrativa.
En la Ciudad de México, en la alcaldía Benito Juárez, un hombre de 60 años ofreció una tragicomedia kafkiana. Al evacuar, tropezó en las escaleras de su edificio. Su muerte fue catalogada con el eufemismo burocrático del siglo: “muerte asociada al proceso de evacuación“. No la mató el sismo, ¡la mató el protocolo! La ironía, esa sí, de magnitud 10.
El Gran Desfile de los Heridos y la Vigilia Eterna
Para no romper la armonía estadística, los heridos también fueron convenientemente distribuidos. Guerrero aportó cuatro lesionados, uno de ellos en una clínica del ISSSTE que, en un giro meta-teatral, también había sufrido daños. La Ciudad de México, siempre competitiva, presentó 12 heridos y 13 crisis nerviosas, todas atendidas “en el lugar”, como si el lugar no fuera, precisamente, el problema. Los servicios de emergencia, héroes cansados de este circo recurrente, se mantienen en “alerta”, un estado permanente que ya es la normalidad, esperando la próxima función del Gran Teatro Telúrico, donde los números siempre salen, pero las estructuras, a veces, se caen.

















