El Infonavit inaugura el museo virtual de las deudas perdonadas

En un alarde de generosidad burocrática que dejó atónitos a los cuatro puntos cardinales, el Instituto del Fondo Nacional para la Vivienda de los Trabajadores ha desplegado, con la pompa de quien descubre un nuevo continente, una página web. Este portal digital, un verdadero faro en la niebla de la desesperación, permitirá a la ciudadanía endeudada atisbar, con un temor reverencial, las nuevas cadenas —más ligeras, eso sí— que sustituirán a las antiguas en su eterna peregrinación crediticia.

Para acceder a este arca de la alianza financiera, el siervo hipotecario deberá presentar, como ofrenda, su nombre completo o el número de su marca de ganado social. Tras este ritual, se le concederá la gracia de conocer los beneficios, una palabra que aquí adquiere un significado casi místico:

  • Una reducción del montículo total de su pecado original, a veces tan milagrosa que resulta en la absolución completa de la deuda.
  • La tasa de interés, ese fuego eterno que todo lo consume, será atenuada a un suave calorcito.
  • La mensualidad dejará de ser una sorpresa desagradable para convertirse en una certeza dolorosa.

Y, en un guiño a la caridad patronal, si el trabajador aún tiene la fortuna de ser explotado de manera formal, las limosnas de su patrón se aplicarán directamente a la deuda capital, acelerando así su camino hacia la redención financiera.

El Instituto, henchido de orgullo, proclamó recientemente haber realizado la conversión sacramental de casi 4.9 millones de créditos impagables. Una hazaña de ingeniería contable sin precedentes, donde un puñado de deudas fueron borradas como lágrimas en la lluvia, otro gran lote fue reestructurado (un eufemismo por “recortado”), y una multitud inmensa simplemente recibió un nuevo mapa del calvario con plazos extendidos.

Con esta iniciativa revolucionaria, el Infonavit se reafirma no como un mero prestamista, sino como una institución filantrópica que prioriza la seguridad patrimonial. Bajo la sublime premisa de que la vivienda es un derecho humano y no una mercancía —descubrimiento reciente que ha dejado perplejos a los mercados—, el organismo advierte, no obstante, sobre los peligros de los intermediarios y “coyotes”. Porque en este sagrado camino hacia la propiedad, solo la burocracia oficial tiene el derecho divino de mediar, de forma gratuita y personal, entre el sueño de la casa propia y la pesadilla de la hipoteca.

Para el acreditado que, tras consultar el portal, aún albergue dudas existenciales, se le invita a peregrinar al Centro de Servicio Infonavit más cercano o a clamar al vacío a través del Infonatel. Allí, sin duda, encontrará consuelo en la voz grabada que le recuerda que, en el gran teatro del crédito hipotecario, la obra siempre es la misma, solo cambian, de vez en cuando, los decorados.

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