En un acto de deslumbrante magnanimidad, los sumos sacerdotes de la salud pública mexicana han develado, con la solemnidad de quien descubre una pirámide maya, un nuevo santuario en las costas de Quintana Roo. No es un simple edificio, ¡por supuesto que no! Es una Unidad de Medicina Familiar, un faro de esperanza construido con la modesta bagatela de catorce mil millones de pesos. Una cifra tan redonda y contundente que, sin duda, ahuyentará a los virus por puro impacto numérico.
Desde el sagrado recinto de Palacio Nacional, la Presidenta Claudia Sheinbaum recibió las buenas nuevas mediante un enlace místico. A su lado, el director del ISSSTE, Martí Batres, y la gobernadora Mara Lezama, proclamaron con rostros beatíficos que vivíamos un “día histórico”. Y vaya que lo es: inaugurar una farmacia que tiene 188 claves de medicamentos –¡ni una más, ni una menos!– y que está, atención al prodigio, “al 100%“. En un país donde lo habitual es el “al 30%” o el “en espera de surtido”, este logro roza lo milagroso, digno de ser inscrito en los anales de la épica gubernamental.
El colosal complejo, destinado a la atención de catorce mil derechohabientes, alberga tesoros inauditos: una sala de espera (para esperar), un archivo (para archivar lo esperado) y una sala de curaciones (para curar, finalmente, lo archivado tras la espera). La Penisnula de Yucatán tiembla de emoción ante esta avalancha de obra pública, que sin duda resolverá de un plumazo los ancestrales problemas de la red sanitaria, aquellos que requieren algo más que cemento y discursos.
Así, entre cifras astronómicas y declaraciones grandilocuentes, se erige un nuevo monumento a la paradoja: un sistema de salud que, mientras celebra con bombo y platillo la apertura de una clínica, parece necesitar una dosis masiva de su propia medicina para curar sus males crónicos de opacidad, desabasto y burocracia. Pero hoy no es día de críticas mezquinas. Hoy es un “día histórico”. Al menos, hasta que se acaben las 188 claves de la farmacia.




















