El patriotismo como bálsamo para las relaciones bilaterales complejas

En un acto de sublime clarividencia patriótica, celebrado en el epicentro neurálgico de la república, la máxima mandataria ha descubierto, para beneplácito de una nación anonadada, que sus principales espadones son, en efecto, amantes de la patria. No se trata de burócratas cualquiera, ¡no! Son Patriotas, con mayúscula dorada y eco de himno, precisamente ahora que el espectro del vecino coloso, personificado en su efímero emperador naranja, vuelve a planear sobre el Río Bravo.

La revelación, pronunciada con la solemnidad de quien decreta una verdad universal, tuvo el mérito de reducir siglos de compleja diplomacia, geopolítica y soberanía nacional a una simple cuestión de carácter moral. ¿Preocupado por la injerencia, las presiones o los caprichos comerciales? Descanse, ciudadano. El general, el almirante y el secretario no solo portan charreteras y condecoraciones, sino un ardor sagrado por los símbolos patrios que, por arte de magia gubernamental, actúa como escudo contra cualquier desavenencia transnacional.

Es una doctrina innovadora: la geopolítica del elogio. En lugar de tanques o tratados, se despliega el adjetivo “patriota” como una línea defensiva infranqueable. Los principios, esa entelequia tan manoseada como elástica, fueron enunciados con firmeza, aunque su contenido concreto se evaporó en el aire acondicionado del salón presidencial, dejando solo un vago aroma a resistencia decorosa.

El discurso, una joya de la realpolitik naíf, osciló con gracia circense entre la firmeza inquebrantable (“la defensa de nuestra soberanía”) y la condescendencia vecinal (“no queremos pelearnos”). Se esbozó una idílica división binacional del trabajo: del lado sur de la frontera, la lucha épica contra los cultivos y los cárteles; del lado norte, la titánica batalla contra… el apetito de sus propios ciudadanos. Una coordinación perfecta donde la culpa y la bala encuentran un equilibrio poético, siempre mediado por el flujo de “información” e “investigación” que viaja, se presume, en ambos sentidos.

Así, ante los micrófonos, se forjó la nueva mitología del Estado: los hierarcas castrenses y policiales, transformados por gracia del verbo presidencial en paladines de una soberanía que se negocia día a día, pero que se proclama eterna e intangible. Un recordatorio reconfortante de que, en los anales del poder, la retórica más efectiva es a menudo aquella que convierte las necessidades prácticas en virtudes grandilocuentes, y a los funcionarios de turno en estatuas vivientes del amor a la patria. Mañana será otro día, pero hoy, al menos, somos todos muy, muy patriotas.

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