En un despliegue de eficiencia burocrática que solo puede describirse como heroico, los sagrados terrenos de cultivo de la colonia Héroes Carranza, en el municipio de Tula, han sido fertilizados con el más reciente abono de la pax mafiosa nacional: tres cuerpos anónimos, meticulosamente dispuestos para el deleite de los vecinos matutinos.
Según los arcanos rituales del informe oficial, ciudadanos particulares, ejerciendo su ciudadanía de centinelas no remunerados, tuvieron el honor de alertar a las autoridades sobre la presencia de estos embajadores de la paz en un camino de terracería. Los elementos de Seguridad Pública Municipal, tras un viaje épico, confirmaron lo que cualquier niño de primaria hubiera deducido: los sujetos en cuestión habían experimentado una transformación democrática hacia el estado de cadáver, con ayuda de los siempre efectivos argumentos de plomo.
El meticuloso proceso de no-identificación
En un alarde de precisión forense, las máximas autoridades han logrado establecer el estatus de desconocidos perfectos para las víctimas. No obstante, en un gesto que haría palidecer a Sherlock Holmes, han revelado señas particulares de altísima utilidad: el caballero porta un poético tatuaje que reza “Anay” y un atuendo casual (sudadera blanca, playera rosa, pantalón beige), mientras que las damas lucen el uniforme clásico del ciudadano sacrificable: mezclilla y tenis. Se insta a la población a buscar a cualquier ser querido que coincida con esta descripción, que abarca al setenta por ciento del país.
La coreografía institucional post-hallazgo
Tras el descubrimiento, se ejecutó la danza ritual de la impunidad con precisión milimétrica: el área fue acordonada con ese celo tape amarillo que tanto intimida a los culpables. Acto seguido, se dieron inicio las diligencias correspondientes, un conjunto de procedimientos místicos que incluyen llenar formularios en triplicado, tomar fotografías en blanco y negro para el archivo de lo irremediable, y prometer, con lágrimas en los ojos, que esta vez sí se hará justicia, justo después de que se resuelva el caso anterior, y el anterior a ese, en una línea temporal que se pierde en el horizonte de la amnistía tácita.
El ciclo, como las estaciones, está completo. Los cultivos seguirán creciendo, los informes se archivarán, y los héroes anónimos de esta tragedia pasarán a engrosar la estadística, ese cementerio numérico donde la política entierra su fracaso. Todo en orden, pues el gran mecanismo del Estado ha demostrado, una vez más, su capacidad para gestionar la cosecha de la barbarie con la frialdad de un contable.















