El salario mínimo alcanza para dos canastas en un país de ilusiones

En un acto de generosidad sin precedentes en los anales de la economía moderna, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) ha anunciado, con la solemnidad de quien descubre un nuevo elemento químico, la entrada en vigor de un incremento salarial del trece por ciento. La cifra mágica se establece ahora en 315.04 pesos diarios para el ciudadano común, y en 440.87 para el afortunado habitante de la Zona Libre de la Frontera Norte, ese edén fiscal donde el sueño americano se mira desde lejos, pero con un poco más de pesos en el bolsillo.

Los sabios burócratas, tras complejos cálculos realizados presumiblemente con ábacos de oro, han proclamado que este ajuste permite al proletario mexicano promedio adquirir dos canastas básicas. ¡Dos! Una hazaña que coloca al trabajador a tan solo media canasta de distancia de la gloria prometida de las 2.5. El comunicado oficial, redactado en el enigmático lenguaje de la política de recuperación salarial, asegura que el poder adquisitivo ha crecido un estratosférico 154% desde 2018, un número tan redondo y hermoso que casi hace olvidar el precio del kilo de tortilla.

La ingeniería social de la abundancia ficticia

Este monumental paso, nos instruyen, es el cumplimiento de un compromiso sagrado de la Cuarta Transformación: lograr que el salario mínimo permita subsistir sin recurrir a la mendicidad o a la venta de órganos. La narrativa oficial, pulida hasta el brillo de un espejo que refleja solo lo deseable, celebra que “los gobiernos humanistas” han sacado de la pobreza a 6.6 millones de almas entre 2018 y 2024. Una operación estadística tan milagrosa como la multiplicación de los panes y los peces, donde la pobreza no se erradica, sino que se redefine, se maquilla y se presenta en gráficas de colores vibrantes.

La presidenta nacional del partido en el poder, en un arrebato de júbilo cuasi místico, saludó el nuevo año como el amanecer de una era de “justicia social“. Pronunció las palabras “aumentos salariales” con la devoción de un mantra, asegurando que para el régimen de la 4T, el bienestar del trabajador es “siempre primero”. Primero, claro está, después de los discursos, las fotos protocolarias y la meticulosa construcción de la epopeya gubernamental en las redes sociales.

Así, el ciudadano se encuentra en la paradójica situación de celebrar un número que, aunque mayor, sigue siendo una ficción legal muy por debajo de la realidad económica. Un mundo donde se anuncia con fanfarria la capacidad de comprar dos canastas, mientras el costo de la vida exige tres. Una sátira en la que el progreso se mide en decimales y porcentajes, y la dignidad, en la capacidad de aguantar hasta el próximo anuncio triunfalista.

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