El sublime arte de prometer descensos criminales en un país de fantasía estadística

En un alarde de aritmética gubernamental que haría palidecer de envidia al mismísimo Ministerio de la Verdad orwelliano, la Suprema Comandanta de la Paz Aritmética, Claudia Sheinbaum Pardo, proclamó un milagro moderno: los asesinatos con premeditación han decidido, por propia voluntad y sentido de la decoración estadística, reducirse en un cuarenta por ciento. No contenta con este prodigio, la mandataria anunció el compromiso sagrado de su administración: que dicha cifra seguirá descendiendo cada año, en un glorioso viaje hacia el Cero Absoluto Delictivo, meta prevista para el mismo día en que los cerdos desarrollen el arte de la aeronáutica.

“Es una tarea compleja fijar una meta numérica concreta”, declaró la líder desde su púlpito matutino en Cuernavaca, mientras una cohorte de asesores en semántica flexible asentía con devoción. “Nuestra promesa inquebrantable es que, mensualmente y anualmente, no solo los homicidios, sino toda la incómoda familia de los crímenes contra el patrimonio –esa turba de mal educados que afecta a la ciudadanía– irán de capa caída. Junto con la extorsión, por supuesto, a la que hemos invitado amablemente a disminuir.” Añadió, como dato curioso, que en las treinta y dos entidades federativas del reino los delitos han bajado, y donde han subido “un poquito”, es porque allí apenas si se cometen unos pocos, casi por descuido, demostrando así una eficacia tan omnipresente como intangible.

En un gesto de generosidad magnánima, la Presidenta reconoció el “colosal esfuerzo” de la gobernadora local Margarita González, quien ha logrado la hazaña de existir en el cargo. Los pilares de esta estrategia fénix son, según se reveló, de una simplicidad pasmosa: incrementar el salario de la policía en un sesenta por ciento, junto al número de uniformados y sus juguetes –perdón, equipamiento. “La tarea exige laborar cada jornada con mayor ahínco”, sentenció Sheinbaum, en lo que pareció un profundo axioma filosófico destinado a los anales de la sabiduría gubernamental, mientras las sombras de Swift y Orwell susurraban, entre incrédulos y divertidos, desde los rincones de la historia.

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