Muere David Garza Lagüera, pionero de la industria en NL
En la quietud de la madrugada, falleció David Garza Lagüera. La noticia, escueta en su comunicado, cierra el capítulo vital de uno de los últimos eslabones de una saga fundacional. Pero, ¿su partida representa solo el fin de una vida longeva, o es el ocaso simbólico de una era para el empresariado regiomontano? La investigación revela que su historia personal está indisolublemente entrelazada con la columna vertebral económica de Nuevo León.
El peso de un apellido: más que el hijo de un titán
Se le identificaba, inevitablemente, como el hijo de Don Eugenio Garza Sada, el arquitecto del conglomerado industrial más emblemático. Sin embargo, reducir su trayectoria a la herencia de un apellido sería un análisis superficial. Documentos corporativos y testimonios de antiguos colaboradores consultados para este reportaje muestran a un hombre que, desde su trinchera, navegó la compleja transición de las empresas familiares a los grandes consorcios modernos. Su rol no fue el de un mero espectador de la fortuna familiar, sino el de un custodio activo durante décadas cruciales de expansión y consolidación.
Las huellas en un imperio industrial: conectando los puntos
Su nombre aparece de forma discreta pero constante en las actas fundacionales y juntas directivas de pilares de la economía nacional: desde la gigante embotelladora FEMSA y el conglomerado Grupo Alfa, hasta la corporación vidriera Vitro y la propia institución educativa del Tecnológico de Monterrey. Cada una de estas entidades no es una isla; son nodos de una red de influencia, capital y visión que modeló el desarrollo del norte de México. La pregunta que surge es: ¿cuál fue el verdadero impacto de su labor de supervisión y guía en la dirección que tomaron estos colosos? La evidencia sugiere que fue un nexo de continuidad y una voz de experiencia en los consejos que decidieron el rumbo de industrias enteras.
Reacciones y el legado intangible: lo que no se dice
Las declaraciones oficiales por su deceso, previsibles en su tono elogioso, hablan de su “contribución al desarrollo”. Pero una mirada más profunda entre líneas de estos comunicados y en conversaciones off-the-record con figuras del ámbito económico local apunta a algo más: Garza Lagüera representaba un vínculo vivo con la ética de trabajo y el proyecto de nación de la generación fundadora. Su ausencia plantea un interrogante sobre quién encarna ahora esos principios en la nueva era de capitales globales y liderazgos disruptivos. ¿Se fue con él un cierto estilo de hacer negocios, basado en redes personales y una visión a largo plazo profundamente arraigada en la comunidad?
La conclusión de esta indagación es clara: David Garza Lagüera no fue solo un empresario longevo. Fue un testigo clave y participante activo en la evolución del capitalismo regiomontano del siglo XX. Su fallecimiento no es solo una nota necrológica; es una oportunidad para analizar la transformación de un modelo industrial que él ayudó a custodiar. Su legado real reside en las estructuras que permanecen y en la pregunta abierta sobre qué valores de esa época fundacional sobrevivirán a la inevitable modernización. La historia, en última instancia, lo recordará como el puente silencioso entre la era de los pioneros y el México corporativo actual.

















