Estatuas en Reforma reescriben la historia silenciada de México

Estatuas en Reforma reescriben la historia silenciada de México

CIUDAD DE MÉXICO.— Bajo la sombra de los antiguos héroes de bronce, un nuevo panteón emerge en la avenida más emblemática de la capital. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no solo inauguró seis nuevas esculturas; desató, con cada velo que cayó, un cuestionamiento profundo sobre las narrativas oficiales que por siglos han definido la identidad nacional. ¿Qué versión de la historia hemos estado celebrando? ¿Y a quiénes hemos borrado deliberadamente de ella?

El acto, enmarcado como la segunda etapa del Paseo de las Heroínas de la Historia de México, fue presentado como una reivindicación. Pero una investigación más detallada revela que es, ante todo, una corrección. Sheinbaum fue contundente: “Sin las mujeres indígenas no se entiende la historia de México, ni su presente, ni el horizonte de igualdad al que aspiramos”. Una declaración que, más que un homenaje, suena a una acusación contra el relato patriarcal, clasista y racista que ha dominado los libros de texto.

La figura central del debate, una vez más, fue Malintzin (Malinche). Durante generaciones, se enseñó que fue la traidora por excelencia. Sin embargo, testimonios de historiadoras y la propia narrativa oficial ahora la presentan bajo una luz radicalmente distinta: una mujer indígena, violentada e inmersa en un mundo de conquista y despojo, que utilizó su intelecto y dominio lingüístico para navegar y sobrevivir a la catástrofe. “Reconocerla hoy no es reabrir viejas heridas, es cerrar una deuda histórica”, afirmó la mandataria. ¿Por qué tomó tanto tiempo llegar a esta reinterpretación?

Documentos y declaraciones recabadas para este reportaje apuntan a un patrón sistemático de invisibilización. Claudia Olivia Morales Reza, presidenta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), lo calificó sin ambages: durante siglos se enseñó una “historia incompleta” donde las mujeres apenas tenían un papel decorativo. Valeria Valero, coordinadora nacional de Monumentos Históricos, fue más lejos al señalar la existencia de un patriarcado literal sobre el Paseo de la Reforma, una avenida que hasta hace poco era un museo al aire libre dedicado casi exclusivamente a figuras masculinas.

El testimonio de Marisela González, representante del pueblo Hñähñu, conecta los puntos de una omisión aún más amplia. Agradeció el homenaje, pero con una advertencia crucial: no se debe olvidar a las mujeres afromexicanas, otro eslabón históricamente relegado. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿es este gesto un acto final de justicia simbólica o el primer paso para una revisión integral de quiénes merecen un lugar en la memoria pública?

La presencia del gabinete legal y ampliado de Sheinbaum, así como de la titular de la Fiscalía General de la República, Ernestina Godoy, no fue un mero protocolo. Fue una señal política potente: la representación del poder estatal, históricamente masculina, ahora rodea y respalda esta reescritura en piedra y bronce.

La conclusión que se impone tras este acto es reveladora. Estas estatuas no son solo arte público; son actas de una investigación histórica que aún está en curso. Son la materialización de una lucha por el relato nacional, un intento de sanar, mediante el reconocimiento, las heridas abiertas por el racismo, el clasismo y el machismo estructural. El Paseo de la Reforma ya no es solo un bulevar; se ha convertido en el campo de batalla más visible por la memoria de México, donde cada nueva figura cuestiona silenciosamente a las antiguas, invitando a una reflexión colectiva largamente postergada.

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