Un sismo de magnitud 6.5, con epicentro en las cercanías de San Marcos, Guerrero, activó el Sistema de Alerta Sísmica de la Ciudad de México poco después de las 8:00 horas del 2 de enero. El movimiento telúrico, percibido con intensidad moderada en la capital, generó el protocolo de evacuación inmediata en miles de edificios de oficinas, viviendas y complejos habitacionales. Si bien los reportes iniciales indicaron que no se registraron daños estructurales mayores en la metrópoli, el evento tuvo un desenlace trágico que trasciende el fenómeno natural en sí mismo: la muerte de una persona durante las acciones de desalojo.
El fallecimiento ocurrió en un edificio habitacional ubicado en la colonia Álamos, alcaldía Benito Juárez. La víctima, un hombre de 67 años, perdió la vida al sufrir una caída en la escalera del inmueble mientras descendía junto a su esposa, respondiendo a la señal de la alerta. Según los testimonios recabados en el lugar, el individuo tropezó durante el descenso, resbaló por los peldaños e impactó su cabeza contra los escalones, lo que le provocó un trauma craneoencefálico severo que lo dejó inconsciente de inmediato. A pesar de la rápida intervención de paramédicos del Centro Regulador de Urgencias Médicas, el hombre fue declarado sin signos vitales en el sitio. La Fiscalía General de Justicia capitalina se hizo cargo del levantamiento del cuerpo para los trámites correspondientes.
Este incidente subraya una dimensión crítica, y a menudo menos discutida, de la gestión del riesgo sísmico en entornos urbanos densamente poblados: los peligros asociados a la evacuación masiva y precipitada. Las escaleras, designadas como la vía de escape principal en la mayoría de los protocolos, se convierten en puntos de alta vulnerabilidad durante un evento de estas características. La combinación de estrés, posible aglomeración y, en muchos casos, el estado físico de los evacuados —especialmente adultos mayores o personas con movilidad reducida— puede generar accidentes graves incluso cuando la estructura del edificio se mantiene intacta.
Las recomendaciones oficiales de Protección Civil, de hecho, contemplan este escenario de manera precisa. Los protocolos establecen que, para quienes se encuentran en los pisos superiores de un inmueble, la acción más segura durante el sismo no es evacuar, sino resguardarse en las denominadas zonas de seguridad internas, como marcos de puertas o junto a columnas. La evacuación ordenada debe iniciarse solo una vez que el movimiento ha cesado y bajo la guía del personal brigadista, evitando carreras, empujones y el uso de ascensores. El caso de la colonia Álamos ilustra el potencial resultado de una decisión tomada bajo presión, en un contexto donde el instinto natural es abandonar el edificio de inmediato ante el sonido de la alerta.
El análisis técnico de este suceso obliga a reflexionar sobre la efectividad de la divulgación y la capacitación en materia de protección civil. La alerta sísmica es una herramienta invaluable que salva vidas al otorgar segundos cruciales de anticipación. Sin embargo, su eficacia final depende de que la población sepa cómo emplear ese tiempo de la manera más segura posible. Para residentes de edificios altos, ese tiempo no siempre debe traducirse en un descenso apresurado por las escaleras, sino en buscar un lugar seguro dentro de la unidad hasta que pase el movimiento principal. La calma y el conocimiento de los procedimientos son, por tanto, componentes tan vitales como la propia infraestructura de alertamiento.
La muerte de este hombre no es, estrictamente, una consecuencia directa del sismo, sino un resultado de los riesgos operativos durante la gestión de la emergencia. Este matiz es fundamental para orientar futuras políticas de prevención. Indica la necesidad de reforzar campañas educativas que diferencien claramente la acción durante el sismo de la acción posterior al sismo, y que enfaticen las consideraciones especiales para grupos vulnerables. Asimismo, plantea la pregunta sobre la adaptación de los protocolos en edificios con alta densidad de adultos mayores, donde quizá deban considerarse planes de refugio en lugar de evacuación vertical inmediata. La lección, en definitiva, es que la seguridad sísmica es un sistema integral donde la ingeniería, la tecnología de alerta y el comportamiento humano informado deben alinearse para minimizar todo tipo de pérdidas.













