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Nacional

La austera opulencia de la nueva aristocracia revolucionaria

La élite gobernante predica virtudes que sus miembros no practican, en un espectáculo de doble moral que desafía la lógica.

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El Sermón de la Montaña de San Lázaro

En el sagrado recinto de San Lázaro, donde los mármoles brillan con el sudor del pueblo, se celebró hoy una misa laica en honor a la nueva deidad bifronte: la Austeridad Opulenta. La gran sacerdotisa Rosa Icela Rodríguez, vestida con las más humildes sedas, impartió desde su púlpito la nueva doctoria evangélica a los apóstoles de la Cuarta Transformación Sagrada.

La homilía, un prodigio de contorsionismo retórico, versó sobre la virtud de la pobreza ajena y la riqueza propia como pilares del movimiento. “Hermanos y hermanas legisladoras”, proclamó con unción, “la austeridad no es un eslogan, es un principio rector que debemos aplicar escrupulosamente a los presupuestos públicos, nunca a nuestros guardarropas privados”.

El coro celestial de asentimientos lo formaban figuras ejemplares: Sergio Gutiérrez Luna, cuyo reloj probablemente cuenta los segundos que faltan para el próximo periodo vacacional; Ricardo Monreal, peregrino incansable por los santuarios playeros de la península ibérica; y Pedro Haces, asceta moderno que practica la meditación en el vientre acolchado de helicópteros privados y celebra sus votos de pobreza en clubs exclusivos.

La paradoja alcanzó su cénit cuando se invocó el nombre de la Presidenta Incorruptible, Claudia Sheinbaum, cuya modestia legendaria sólo es comparable a la omnipresencia mediática de su devoción. “Es un ejemplo de que se puede trabajar todos los días sin necesidad de joyas visibles”, coreaban los fieles mientras ajustaban discretamente sus corbatas de seda italiana.

La Santa Cruzada Contra el Fantasma del Pasado

La ceremonia culminó con un llamado a las armas contra el espectro del despilfarro antiguo, ese monstruo mitológico que, curiosamente, adopta exactamente las mismas formas que el dispendio presente. La reforma electoral se presentó como el Santo Grial que purgará los pecados de un sistema diseñado para la complicidad, sin explicar cómo la nueva santa alianza entre poder político y económico será sustancialmente diferente.

Los creyentes, en éxtasis colectivo, corearon el mantra sagrado: “¡Es un honor estar con Obrador!” mientras calculaban mentalmente el porcentaje de aumento a sus dietas. El milagro de los panes y los peces parece haberse transformado en el milagro de las dietas y los viáticos, donde unos pocos panes públicos se multiplican para alimentar a muchas bocas privadas.

En este nuevo reino de la ética paradoxal, donde la humildad se mide en quilates y la sencillez en caballos de fuerza, sólo una verdad permanece incuestionable: la revolución será austera… o no será, pero desde luego será muy bien accessorizada.

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