En un acto de soberbia sin precedentes, el aparato gubernamental ha desplegado toda su artillería retórica y logística para enfrentarse a un enemigo silencioso y cristalino: los copos de nieve. La frontera entre Sonora y Chihuahua, otrora un pasaje de comercio y migración, ha sido convertida en el teatro de operaciones de una batalla épica contra la precipitación sólida, donde las únicas bajas reportadas son el sentido común y la capacidad de sorpresa.
El Estado se moviliza: protocolos contra la blancura
Frente a la insurrección de los cristales de hielo, que osaron cristalizar la sagrada carpeta asfáltica, las autoridades han respondido con el arma más letal a su disposición: el cierre preventivo. Desde el estratégico kilómetro 65 y el no menos crucial retén El Gallardo, un ejército de chalecos reflectantes y formularios en triplicado mantiene a raya la amenaza albina. La Guardia Nacional División Carreteras, en una simbiosis perfecta con Protección Civil, monitorea con fervor la lenta e implacable acumulación de lo que los meteorólogos plebeyos llaman “frío”, pero que el lenguaje institucional ha elevado a la categoría de “evento de masa de aire polar asociado”.
Pronóstico oficial: frío, pero con muchos comunicados
Tras una consulta exhaustiva a los oráculos modernos (el Servicio Meteorológico y algún que otro pronóstico vecinal de Arizona), la Coordinación Estatal de lo Inevitable ha emitido un veredicto solemne: hará frío, mucho frío. Las temperaturas, en un acto de desacato, oscilarán entre números con signo negativo. Peor aún, una conjura entre una “vaguada en altura” y la “corriente en chorro subtropical” –casi con seguridad una alianza terrorista– amenaza con soplar con fuerza. Ante este panorama dantesco, la ciudadanía ha recibido la orden suprema: mantenerse informada de que debe mantenerse informada, en un bucle de recomendaciones que se autoalimenta.
El llamado a la cordura (ciudadana, nunca estatal)
Mientras la segunda tormenta invernal se perfila en el horizonte como un villano de temporada, las autoridades, impertérritas, continúan su labor de observar lo observable y recomendar lo recomendable. Se exhorta a la población a no desafiar a los elementos, a menos, claro está, que lleve un uniforme oficial y un acta para levantar. En este monumental esfuerzo donde la prosa burocrática lucha por superar en densidad a la nevada, una verdad brilla más que el hielo: la maquinaria estatal está perfectamente equipada para generar partes de prensa detalladísimos sobre su propia impotencia ante un fenómeno que, al resto del planeta, le provoca poco más que sacar un abrigo.




















