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La coreografía burocrática tras el sacrificio vial en la carretera

Una mordaz alegoría sobre la maquinaria burocrática que procesa tragedias humanas como meros trámites administrativos.

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En el glorioso municipio de Ciénega de Flores, Nuevo León, el Moloch de la movilidad moderna ha recibido su ofrenda de sangre: tres doncellas, una joven y un anónimo, sacrificados en el altar del asfalto donde rigen las divinas leyes del tránsito.

El Gran Teatro de la Tragedia Vial desplegó su elenco completo: el vehículo particular que cometió el acto supremo de rebeldía atravesándose ante el sagrado transporte de personal, provocando así la volcadura ritual que tanto deleita a los dioses del caos.

Como en todo ritual sagrado, los sumos sacerdotes de Protección Civil acudieron prestos a certificar el holocausto. Tres vírgenes sacrificadas –Alexa, Alison e Isabela– más una doncella de 23 primaveras llamada Leyda Francisca, y un mártir anónimo cuyo nombre se perdió en los divinos formularios.

La coreografía burocrática se ejecutó con precisión orwelliana: paramédicos que llegaron para constatar lo evidente, rescatistas que rescataron lo irrescatable, y peritos de la Fiscalía Estatal que iniciaron las indagatorias para determinar que el muerto estaba muerto y el responsable sería nadie.

¡Oh, sublime eficiencia del sistema! Mientras las familias lloran, el aparato estatal gira sus engranajes para producir el documento oficial que convertirá a niñas de 5 y 10 años en estadísticas trimestrales. Las unidades de transporte de personal –esos mastodontes metálicos– continuarán su marcha triunfal por carreteras donde la muerte es un imprevisto contable.

En la colonia Héroes de Monterrey, donde los héroes reales son aquellos que sobreviven al trayecto diario, la maquinaria de la justicia vial ya procesa los papeles que determinarán si fue error humano, falla mecánica o simplemente el destino escribiendo otro capítulo absurdo en el gran libro de la movilidad neoliberal.

Mañana, el sol iluminará la misma carretera Salinas Victoria-Ciénega de Flores, los mismos transportes de personal, los mismos vehículos particulares y los mismos funcionarios redactando informes sobre cómo prevenir lo inevitable en un sistema donde la vida vale menos que el puntual registro de la muerte.

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