La cosecha de uvas revela la absurda maquinaria del éxito oficial

En un alarde de eficiencia que dejaría pálidos a los antiguos dioses de la fertilidad, el Gran Reino de México se prepara para clausurar el Año del Señor 2025 con una proeza sin precedentes: la multiplicación milagrosa de los sarmientos. Las cifras, emanadas de los sagrados archivos de la Dirección General del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (DGSIAP), un organismo tan necesario como un paraguas en un huracán de papel, anuncian la cosecha de 510 mil 535 toneladas del fruto de Dionisio. Esto representa un aumento de exactamente 11,396 toneladas sobre el año anterior, un incremento tan meticulosamente contabilizado que sugiere que cada uva fue bautizada, censada y asignada a un distrito electoral.

La geografía sacra del triunfo vitivinícola

El mapa de esta gesta heroica no se mancha con la aleatoriedad. Sonora, la provincia elegida, aporta con devoción monástica 335 mil 950 toneladas, seguida a prudente distancia por los feudos de Zacatecas y Baja California. Este reparto no es casual, sino el fruto de un equilibrio cosmogónico donde cada racimo cuenta para la gran narrativa del progreso. Las toneladas, ahora liberadas de su condición perecedera, se transfiguran en unidades de éxtasis exportable y orgullo doméstico, listas para ser ofrendadas en los altares del comercio global y los mercados locales, donde el ciudadano común podrá participar del ritual comprando su porción de éxito nacional.

La liturgia oficial y el sudor canonizado

La Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, en un comunicado que huele a tierra húmeda y tinta fresca de gaceta, ha sido clara: este milagro agronómico es obra exclusiva del sudor sacrosanto de los labriegos y sus familias, quienes, movidos por un ardor patriótico que supera al de la misma vid bajo el sol, mantienen viva la “tradición de fin de año”. Así, el ciclo se cierra con perfección burocrática: el esfuerzo anónimo es cosechado, procesado y embotellado en forma de boletín triunfalista, asegurando que las uvas—y, más importante, la idea de su abundancia—estén presentes en cada puesto, como un recordatorio dulce y slightly ácido de que la maquinaria, contra todo pronóstico de realidad, sí funciona. Al menos en el papel.

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