La detención ejemplar en el reino de la impunidad cotidiana

En un acto de eficiencia burocrática que raya en lo milagroso, las gloriosas instituciones del Estado mexicano —ese ente abstracto que suele aparecer en los discursos pero rara vez en las calles— han logrado la hazaña de capturar a una presunta partícipe en el espectáculo pirotécnico ofrecido en un centro de esparcimiento nocturno de Puebla. La operación, digna de los anales más épicos, requirió la fusión sinérgica del Ejército, la Guardia Nacional, la Policía Estatal y la Fiscalía, todas unidas como los dedos de un puño para atrapar a una sola mujer, Isabel “N”, en los sagrados recintos de consumo de Plaza Ventura. Qué metáfora más perfecta: la sospechosa de un crimen atroz, detenida entre tiendas de ropa y cafeterías, en el corazón mismo del sueño neoliberal.

El ritual judicial y la máquina de moler culpables

La dama, ahora decorosamente etiquetada con una orden de aprehensión por los delitos de homicidio calificado y su tentativa —como si el homicidio pudiera tener un grado de cortesía—, fue entregada al Juez de Control. Esta augusta figura, parte de un sistema judicial que funciona con la celeridad de un glaciar en asuntos menores pero que en casos de alto impacto se transforma en un relámpago de actividad mediática, definirá su destino “conforme a derecho”. He aquí el gran teatro de la justicia: un elenco rotativo de actores secundarios —los “N”— desfila ante el proscenio, mientras los autores intelectuales, los dueños del negocio del cobro de piso y el narcomenudeo, disfrutan de la función desde un palco privado.

La noche en que el inframundo hizo su performance

El evento principal, ocurrido en noviembre, fue una obra de terror site-specific en el establecimiento La Coss. Un comando de seis artistas de la violencia, siguiendo el guion ya cansado del crimen organizado, ofreció una pieza que mezclaba performance, instalación (con gasolina) y teatro de crueldad. Su mensaje, según los curadores de la fiscalía, giraba en torno a los eternos temas del tributo forzoso y la distribución de sustancias ilícitas. Encerraron a elenco y público, rociaron el escenario con combustible y se retiraron en sus motocicletas, dejando atrás un tableau vivant de cuerpos carbonizados. Siete muertos y cinco heridos: la taquilla de la barbarie.

El avance que consuela a la comunidad conmocionada

Por supuesto, las autoridades nos aseguran que esta detención “representa un avance”. Es el consuelo ritual que se ofrece a la “comunidad conmocionada”. Se captura un eslabón, visible y débil, de una cadena infinita y monstruosa, y se presenta como un triunfo. Mientras, la verdadera maquinaria —la que convierte la vida en mercancía, el territorio en mercado y la violencia en moneda— sigue operando a plena luz del día, a veces desde oficinas con aire acondicionado, a veces desde las sombras. La detención de Isabel “N” no es la solución; es el síntoma de un sistema que solo puede producir circo tras circo, capturando payasos mientras los dueños del circo escriben las leyes.

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