Nacional
La economía nacional se sostiene sobre trabajo femenino no pagado
Un informe oficial revela la desproporcionada carga invisible que recae sobre las mujeres, una realidad que perpetúa la inequidad.

La Columna de la Desigualdad Doméstica
En un alarde de eficiencia estadística que haría llorar de emoción a cualquier burócrata, el sagrado Instituto de Geografía ha develado el milagro económico más impresionante del siglo: la economía nacional se sostiene gracias al trabajo gratuito de millones de mujeres, quienes generosamente donan 21.5 horas semanales a la patria, limpiando, cocinando y cuidando, mientras los varones, en un acto de abnegación sin precedentes, se sacrifican jugando futbol y asistiendo a eventos culturales.
Las cifras, presentadas con la solemnidad de un descubrimiento científico, revelan que las mujeres dedican un promedio de 39.7 horas a estas labores de amor no remunerado, una cifra que solo es el doble que la de los hombres. Los expertos, con una seriedad digna de estudiar la teoría de la relatividad, llaman a esto una “brecha de género“, un eufemismo delicioso para no decir esclavitud doméstica posmoderna.
Más de dos terceras partes del tiempo total de trabajo de una mujer se destina a actividades que no generan ingreso, un modelo de negocio tan brillante que haría palidecer a cualquier capitalista. ¿Para qué pagar por algo que se puede obtener gratis gracias a la programación social milenaria?
Lo más esperanzador, nos cuentan los sabios del data, es que se observa una “ligera disminución” en estas horas. ¡Eureka! Tal vez para el 2124 la brecha sea de solo 20 horas. Mientras tanto, los hombres, heroicos, continúan su crucial participación en juegos y aficiones, fortaleciendo el país desde los campos de juego y los sofás.
En un giro final tragicómico, se descubrió que las mujeres también lideran en convivencia familiar y social, lo que se traduce en organizar las reuniones, preparar la comida y limpiar después, mientras los hombres… conviven. Un sistema perfectamente diseñado donde unos trabajan y otros disfrutan del fruto de ese trabajo. Jonathan Swift propondría comer niños; nuestro sistema prefiere devorar el tiempo y la vida de las mujeres, un platillo mucho más sustancioso.

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