La épica batalla heráldica donde un pan y una resortera derrotan a la historia

El Congreso, en un arrebato de modernidad pictórica sin precedentes, ha decidido que un león rampante de 1535 es tan vintage como un casete.

Con la solemnidad de quien descifra los misterios del cosmos, nuestros ilustres legisladores han decretado que el vetusto blasón –cargado de castillos, ríos y esa cosa llamada “memoria”– debía ser exiliado al desván de las antigüedades. En su lugar, nos obsequian un enigmático jeroglífico que, según los rumores callejeros, podría representar desde un mapa de una nación vecina obtenido en un examen sorpresa, hasta un homenaje subliminal a la panadería artesanal o a los juegos infantiles de alto impacto.

El Colectivo Torah, un puñado de nostálgicos recalcitrantes, se atreve a preferir la historia al diseño contemporáneo.

Mientras la ciudadanía, en un ejercicio de democracia directa y humor ácido, satura las redes con memes que cuestionan si el nuevo símbolo patrio es una resortera o una ofrenda a los dioses del gluten, este grupo de irreductibles insiste en aferrarse a conceptos tan demodé como “legado”, “orgullo” y “coherencia visual”. Han reunido un impresionante batallón de 354 firmas, una multitud casi tan abrumadora como la que elige al presidente de la junta de condominio, clamando por el retorno del león, ese animal obsoleto que simboliza la riqueza y la pureza, virtudes claramente superadas por la estética abstracta y la confusión interpretativa.

La justificación oficial: una lección magistral en neolengua institucional.

El Poder Legislativo, con la elocuencia de un oráculo, sentenció que “un pueblo que no se reconoce en sus símbolos pierde memoria”. Acto seguido, procedió a eliminar el símbolo en el que el pueblo sí se reconocía, reemplazándolo por una composición que requiere un manual de instrucciones. Es la dialéctica perfecta: primero se diagnostica la amnesia y luego se administra el golpe que la induce. La nueva “cosmovisión contemporánea” de Chiapas, al parecer, se expresa mejor a través de formas que suscitan debates sobre repostería que a través de iconos que narran cinco siglos de historia.

Así, entre la épica digital de los memes y el patético forcejeo de 354 firmas contra el rodillo institucional, se libra la gran contienda de nuestro tiempo. No es una lucha por recursos, justicia o tierras, sino por el derecho a que un león de oro siga rugiendo sobre un campo de gules, en vez de ser sustituido por lo que bien podría ser el logotipo de una startup de alimentos orgánicos. El progreso, estimado lector, a veces tiene la forma de un pan mal dibujado.

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