La Gran Ópera BuFA de la Soberanía ante el Gigante Despeinado

En un giro que ha dejado atónitos a los estudiosos de la geopolítica y a los aficionados al teatro del absurdo, la Sublime Guardiana del Sagrado Texto Constitucional, la Presidenta Claudia Sheinbaum, ha proclamado desde su púlpito republicano que el antídoto definitivo contra las bravatas del Caudillo Rubio de Mar-a-Lago, Donald Trump, no son misiles, sino una vigorosa y unánime recitación en coro de los artículos referentes a la soberanía.

Frente a la amenaza de que el Imperio del Norte, en un arrebato de nostalgia colonial, decida “hacer algo” con sus vecinos del sur —una frase tan vaga como inquietante, que podría significar desde una invasión hasta un mal review en TripAdvisor—, la respuesta de la mandataria ha sido de una claridad meridiana: convocar al pueblo a la más poderosa de las armas, la unidad nacional. Una unidad que, según fuentes allegadas al pensamiento mágico-político, crea un campo de fuerza invisible capaz de repeler drones, marines y aranceles por igual.

La Diplomacia del Pronunciamiento Conjunto: Un Arma de Construcción Masiva

Ante la pregunta de qué puede detener la política exterior basada en el garrote, la Presidenta, con la serenidad de un oráculo, enumeró los baluartes: la Historia (esa colección de derrotas y victorias que se interpreta a conveniencia), la Constitución (el pergamino místico) y la cohesión social (esa entelequia que aparece en los discursos y se esfuma en los cinturones de miseria). No contenta con esta trinidad defensiva, ha activado el protocolo de emergencia: el pronunciamiento conjunto. Tras una conversación trascendental con sus homólogos de Colombia y España —este último, según se aclaró con precisión burocrática, fue quien llamó—, los tres gobernantes han liberado un comunicado que rechaza la intervención. Se espera que el documento, cargado de buenas intenciones y subjuntivos, sea lanzado contra los tanques enemigos en caso de invasión.

El Noble Salvaje vs. La Maquinaria de la Codicia

La mandataria, con la perspicacia de quien descubre el agua tibia, señaló que detrás del repentino interés por la “democracia” en Venezuela yace el oscuro y pegajoso espectro del petróleo, y quizás también del uranio, para darle un toque de thriller nuclear. “Los recursos naturales son de los pueblos”, declaró, revelando una verdad tan profunda como obvia, mientras en las salas de boardrooms de medio mundo, ejecutivos petroleros se desternillaban de risa o anotaban “nuevo objetivo” en sus agendas. La posición de México, inmutable como un fósil, es que los pueblos deben decidir sobre sus riquezas, una idea tan romántica como ignorante de la existencia de fondos buitre, mercados especulativos y ejércitos privados.

La Economía de la Fe y el Peso Milagroso

Consultada sobre los posibles estragos económicos, la Presidenta desplegó el dogma de la estabilidad milagrosa. El peso mexicano, bendecido por la fe soberanista, se mantiene firme. El petróleo baila leves vaivenes, como si la guerra y la amenaza de invasión fueran un suave vals. El presupuesto, por supuesto, tiene “mecanismos de protección”, una frase reconfortante que evoca colchones de plumas para amortiguar la caída libre de los commodities. Mientras, propone como alternativa a la confrontación una cooperación regional tan idílica como inexistente, donde todos los países del continente, tomados de la mano, alcanzarían una “fortaleza económica enorme”, en lo que parece el argumento de un cuento infantil para naciones en desarrollo.

Finalmente, sobre la posibilidad de una llamada con el propio Trump, el Silencio fue la respuesta. No hay diálogo directo con el titiritero que amenaza con cortar los hilos. Solo hay “coordinación sin subordinación”, un equilibrio tan delicado como caminar sobre la cuerda floja sobre el abismo de la realpolitik. Sheinbaum sentenció que la soberanía es un principio irrenunciable, la base de la vida democrática. Una verdad solemne que resuena en los salones de Palacio Nacional, mientras, en la frontera, la soberanía se mide en dólares por hora de maquila y en la capacidad de soportar los caprichos del gigante despeinado. El espectáculo, como siempre, debe continuar.

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