La investigación del descarrilamiento revela nuevas incógnitas

La cifra oficial de fallecidos por el catastrófico descarrilamiento del Tren Interoceánico en Nizanda, Oaxaca, escaló a catorce. La Secretaría de Marina confirmó este 1 de enero el deceso de una mujer de 73 años que luchaba por su vida desde el accidente del 28 de diciembre, un suceso que además dejó un centenar de heridos. Pero, ¿qué falló en un corredor estratégico promocionado como un símbolo de modernidad?

Las autoridades federales han desplegado un operativo forense y policial de grandes dimensiones. La Fiscalía General de la República (FGR) asegura que los trabajos de campo avanzan para integrar la carpeta de investigación. Un elemento clave, la caja negra de la locomotora, ya fue extraída. Sin embargo, más allá de los comunicados oficiales, las preguntas se multiplican. ¿Qué datos cruciales guarda ese dispositivo? ¿Revelará fallos mecánicos, errores humanos o negligencias en el mantenimiento de la vía?

La narrativa oficial prioriza la coordinación entre instituciones: la Fiscalía Especializada de Control Regional (FECOR), la Agencia de Investigación Criminal (AIC) y la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) trabajan, según declaran, con un objetivo común. Han practicado peritajes, levantado la unidad siniestrada y realizado necropsias. Los cuerpos de las víctimas mortales fueron entregados a sus familias, un acto administrativo que poco consuela el dolor de una comunidad devastada.

Pero la investigación periodística persiste en indagar detrás de las acciones protocolarias. Los informes técnicos mencionan inspecciones a los vagones destrozados, análisis de la causalidad y estudios del derecho de vía. Cada diligencia es una pieza de un rompecabezas que aún no muestra su imagen completa. Testimonios de residentes de la zona y expertos en transporte ferroviario, consultados para esta investigación, plantean dudas recurrentes sobre las condiciones de la infraestructura en un tramo complejo de la geografía oaxaqueña.

La FGR enfatiza su compromiso con la “objetividad” y promete informar sobre los avances. No obstante, el escepticismo saludable exige ir más allá. La verdadera reparación del daño para las víctimas y para la confianza pública no depende solo de dictámenes técnicos, sino de una investigación transparente que no tema señalar responsabilidades, sean estas operativas, de supervisión o de diseño. El descarrilamiento en Nizanda no es solo una tragedia estadística; es una herida abierta que cuestiona los costos humanos del progreso y exige respuestas que aún están por escribirse en el informe final.

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