La polémica por el acaparamiento de roscas de reyes: emprendimiento o especulación

La acción de Ximena Figueroa, empresaria e influencer conocida como la “reina del Costco”, de adquirir cientos de roscas de reyes en Guadalajara para su posterior reventa en Manzanillo ha desencadenado un extenso debate en el ámbito digital. Este episodio, que se repite por segundo año consecutivo, trasciende el hecho anecdótico para plantear cuestiones fundamentales sobre las prácticas comerciales, la escasez artificial y la percepción social de lo que constituye un emprendimiento legítimo. El método operativo fue meticuloso y a gran escala. Figueroa se desplazó hasta una sucursal de Costco en Guadalajara, donde procedió a la compra masiva del producto estacional.

La operación requirió, según documentó la propia interesada en sus redes sociales, del uso de un tráiler para el transporte de lo que ella misma cuantificó como “mil roscas de reyes” con destino a su estado natal, Colima. La comunicación de este logro, matizada con frases como “¡Lo volvimos a hacer!” o “¿Qué creen? Me volví a acabar todas las roscas”, funcionó como el detonante principal de la controversia. La reacción en plataformas como Facebook, Instagram o X fue inmediata y mayoritariamente crítica. El núcleo del descontento no radica únicamente en la compra en sí, sino en su carácter exhaustivo y extraterritorial.

Numerosos usuarios señalaron que esta práctica genera una escasez artificial en la zona de origen, Guadalajara, privando a los consumidores locales de acceder a un producto tradicional en su temporada. Argumentan que, más que una actividad emprendedora, se trata de una reventa especulativa que se aprovecha de la logística y los precios mayoristas de una cadena para luego comercializar el producto en otra región, sin agregar valor tangible más allá de la redistribución geográfica. Frente a esta postura, existe una línea de argumentación, minoritaria pero presente, que defiende la acción como un acto de pura iniciativa comercial.

Desde este ángulo, se interpreta como la identificación de una oportunidad de mercado —la demanda en Manzanillo— y la organización de la logística necesaria para satisfacerla, asumiendo los riesgos y costos que ello implica. Sin embargo, este punto de vista choca con la percepción ética predominante, que cuestiona la moralidad de acaparar un bien perecedero y culturalmente significativo, impidiendo que otros puedan adquirirlo a precio de retail. El caso ilustra la colisión entre dos lógicas económicas en la era digital: la del emprendedor ágil que identifica y explota desequilibrios de mercado, y la del consumo comunitario y responsable que valora el acceso equitativo y el apoyo a los productores locales.

La figura de la influencer, que utiliza su notoriedad pública para promocionar esta práctica, añade una capa adicional de visibilidad y juicio social. Las críticas no se limitan al acto comercial, sino que se extienden a su tono celebratorio, percibido por muchos como una falta de sensibilidad hacia los afectados por la súbita falta de producto. En esencia, la polémica trasciende a Ximena Figueroa y las roscas. Funciona como un síntoma de un malestar más amplio relacionado con la especulación sobre bienes de consumo, la ética en las redes sociales y los límites, muchas veces difusos, entre la astucia comercial y una conducta considerada abusiva.

El debate permanece abierto, sin una resolución clara, pero deja en evidencia cómo las redes sociales han devenido en una arena pública donde se juzgan y redefinen continuamente las normas del comportamiento económico y social aceptable.

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