La paradoja energética: producir local sale más caro
En el panorama energético actual, donde la eficiencia y la transición son claves, Petróleos Mexicanos (Pemex) enfrenta una realidad contundente: su modelo de refinación es económicamente insostenible. Los datos más recientes revelan que fabricar un barril de gasolina en sus instalaciones cuesta 103.8 dólares, frente a los 86 dólares que implica adquirirlo en el mercado global. Esto significa un sobrecosto del 20.7%, una brecha que evidencia una profunda desconexión con las prácticas industriales modernas.
La brecha de costos entre la producción nacional y la importación se mantiene, pese a nuevas inversiones en infraestructura.
Esta disparidad no es un fenómeno nuevo, pero su persistencia y ampliación son alarmantes. Históricamente, el diferencial se situaba alrededor del 10%, pero ni la puesta en marcha de la refinería Olmeca ni las operaciones en Dos Bocas han logrado revertir la tendencia. El núcleo del problema es una infraestructura obsoleta. La mayoría de los complejos de refinación en el país operan con tecnología anticuada y bajo su capacidad óptima, lo que los convierte en centros de gasto en lugar de generadores de valor.
Factores críticos: materia prima y eficiencia
Los analistas del sector señalan dos fallas sistémicas. Primero, el tipo de crudo procesado: las refinerías mexicanas trabajan con petróleo pesado, que es menos eficiente para producir combustibles ligeros como la gasolina, en lugar del crudo ligero que requieren para maximizar su rendimiento. Segundo, el modelo de negocio mismo. Los márgenes en la transformación del petróleo son significativamente menores que en su extracción, un hecho que Pemex no ha logrado compensar con ganancias de escala o innovación en procesos.
Esta ineficiencia tiene un impacto directo en la economía ciudadana. El sobrecosto en la producción se traslada, parcialmente, al precio final en las bombas de combustible. Para mitigar el golpe a los consumidores, el gobierno ha implementado mecanismos de contención, como acuerdos con el sector privado donde Pemex asume costos logísticos y de almacenamiento. Sin embargo, esta es una solución parche que no ataca la raíz del problema.
El lastre financiero y el futuro incierto
Las consecuencias financieras son graves. En los primeros nueve meses de 2025, Pemex registró pérdidas netas por 45 mil millones de pesos y mantiene una deuda abrumadora de 130 mil millones de dólares. Los especialistas coinciden en que la división de refinación es el principal obstáculo para que la empresa petrolera genere flujo de efectivo saludable, dependiendo así de continuos rescates fiscales que tensionan las finanzas públicas.
En la era de la descarbonización y la inteligencia operativa, la situación de Pemex plantea una pregunta crucial: ¿es viable mantener un sistema de refinación nacional que opera con pérdidas estructurales? La respuesta exigirá una reevaluación profunda, que podría pasar por una modernización radical con tecnologías disruptivas o por una redefinición estratégica del rol del Estado en la cadena de valor energética. El statu quo, claramente, no es una opción para el futuro.















