Desde mi experiencia en gestión del patrimonio cultural, cada notificación de sismo activa un protocolo interno de alerta que va más allá de lo institucional; es un reflejo condicionado por años de vivir en un territorio sísmico. La comunicación de la Secretaría de Cultura y de la arqueóloga Claudia Curiel de Icaza, confirmando que no hay daños en los recintos de las zonas afectadas por el temblor de 6.5 grados con epicentro en Guerrero, es el primer suspiro de alivio en una cadena de verificaciones meticulosas.
Recuerdo, tras eventos pasados, que la frase “no se reportan daños” es el resultado de un minucioso trabajo de campo que comienza de inmediato. Como bien señaló el arqueólogo Leonardo López Luján desde el Proyecto Templo Mayor, la maestra Patricia Ledesma Bouchan y su equipo ya realizaban un recorrido puntual. Esto no es una simple inspección visual; es una evaluación experta que busca microfisuras, desplazamientos imperceptibles o cambios en las estructuras que, a la larga, podrían comprometer la integridad de un monumento. La lección aprendida es clara: la primera revisión, como la realizada en la Catedral Metropolitana, da tranquilidad operativa, pero la segunda, la técnica, es la que ofrece certeza.
La coordinación silenciosa tras la emergencia
Lo que el público no siempre ve es la red de comunicación que se activa entre custodios, investigadores y arquitectos residentes. Anécdotas de otros sismos nos enseñaron que la inmediatez es crucial. Por eso, ver que el Fuerte de San Diego en Acapulco anunciara operaciones normales, y que el INAH descartara afectaciones en Guerrero, Oaxaca y la Ciudad de México de manera coordinada, habla de un sistema de protección patrimonial que ha madurado. La teoría dice que hay que proteger los bienes culturales; la práctica, forjada en eventos reales, nos dice que la eficacia reside en protocolos claros, equipos entrenados y una comunicación transparente y rápida, justo como la ejemplificada en esta ocasión a través de las plataformas digitales.
Reflexión final: más allá de la suerte
La ausencia de daños reportados es una excelente noticia, pero no es solo cuestión de fortuna. Es el fruto de un trabajo constante de conservación, reforzamiento estructural y, sobre todo, de la dedicación de cientos de profesionales que, tras cada alerta sísmica, convierten su preocupación en acción. La verdadera sabiduría en este campo no solo se mide por cómo se repara el daño, sino por cómo se previene y cómo se responde con serenidad y profesionalismo cuando la tierra vuelve a moverse. Este evento, afortunadamente menor en consecuencias, es un recordatorio de que la vigilancia sobre nuestro legado histórico nunca puede descansar.

















