La soberanía ajena es el mejor espejo para no ver la propia

En un giro digno de los más exquisitos manuales de realpolitik con olor a palomitas, la máxima mandataria de la nación azteca ha alzado su voz en defensa de un principio tan venerable como convenientemente elástico: la soberanía. El detonante fue el último capricho del emperador naranja del Norte, quien, en un arrebato de nostalgia imperial, decretó desde su torre de oro que Venezuela debe divorciarse inmediatamente de sus amantes geopolíticos: China, Rusia, Irán y Cuba. La respuesta desde el sur fue un sermón de una coherencia deslumbrante.

Con la solemnidad de un oráculo que lee los principios del derecho internacional en posos de café, Sheinbaum Pardo proclamó que ningún país, por poderoso que sea, debe inmiscuirse en los asuntos internos de otro. ¡Qué idea tan revolucionaria! ¡Qué defensa tan férrea de la autodeterminación de los pueblos! Uno casi puede escuchar, de fondo, el suspiro de alivio de todos aquellos gobiernos del mundo que jamás, en toda su historia, han soñado con dictar cátedra o política a sus vecinos. La pureza doctrinal era tan intensa que hacía lagrimear los ojos.

El arte de la cooperación selectiva

La presidenta, en un ejercicio de equilibrismo retórico que haría palidecer a un funámbulo, esbozó entonces su visión para el continente: una potencia económica integrada, pero no mediante la vulgar fuerza, sino a través de la cooperación para el desarrollo. Es decir, la integración por invitación, no por invasión. Una lástima que este luminoso principio no se extienda a la cooperación interna con los poderes fácticos locales, los gobernadores díscolos o las comunidades indígenas que se atrevan a cuestionar megaproyectos. La soberanía, al parecer, es como la caridad: bien entendida, empieza por uno mismo, pero termina justo antes de que moleste a los intereses domésticos.

El tratado comercial: el talismán de la doble vara

Para ilustrar su punto, la mandataria evocó con nostalgia el sagrado tratado comercial con los vecinos del norte. Un pacto que, según esta lógica, es el epítome de la relación justa y libre entre iguales, y no, en absoluto, el fruto de negociaciones donde el tamaño del ejército y la economía pesan más que la retórica soberana. Sobre la posibilidad de que la Corte Suprema estadounidense, otro órgano famoso por su total ausencia de sesgos políticos, decida sobre aranceles, nuestra heroína se mostró serena. No tiene expectativas, solo busca “comercio justo”. Una postura admirablemente vaga, perfecta para luego adoptar la que convenga, dependiendo de hacia dónde sople el viento de los capitales.

El coro de los comentócratas y la virtud de señalar con el dedo largo

El discurso culminó con una filípica contra periodistas y “comentócratas” que osan justificar la intervención gringa en Venezuela o “en cualquier otro” país. He aquí el momento más sublime de la obra: la condena moral a quienes justifican la intromisión foránea. La ironía, tan espesa que se podría cortar con un cuchillo, reside en que esta misma condena rara vez se aplica con igual vigor a los think tanks y plumíferos locales que justifican la intervención *interna* del estado sobre municipios, comunidades o poderes autónomos que se desvían de la línea oficial. La soberanía nacional es un escudo magnífico para criticar al imperio de fuera, pero nunca una espada que pueda volverse contra los pequeños autoritarismos caseros.

En definitiva, asistimos a una lección magistral de lo que podríamos llamar “la soberanía de exportación”: un principio noble, intachable y absolutamente defendible cuando se aplica a otros, en tierras lejanas y contra adversarios convenientes. Un principio que, como un traje caro, solo se saca en ocasiones especiales y para impresionar a un público externo, mientras que en el gobierno del día a día se prefiere la ropa práctica del pragmatismo y el control. Swift y Orwell, desde sus tumbas, seguramente tomarían notas para una nueva edición de “Los viajes de Gulliver” o “Rebelión en la granja”, donde los cerdos que gobiernan critican a los granjeros humanos por su brutalidad, mientras consolidan su propio poder en el corral.

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