La soberanía se pospone: mientras Maduro cae, el Senado aplaza a los SEALs

En un acto de sincronía geopolítica tan perfecta que haría llorar de emoción a un coreógrafo, la Comisión de Marina del Senado de la República descubrió de pronto una urgencia impostergable: suspender la reunión donde se discutiría el ingreso de tropas estadounidenses. La agenda, que incluía autorizar la llegada de los evangelizadores armados de la libertad, los Navy SEAL’s, pareció de pronto menos convincente tras el último sermón práctico impartido por el mismo predicador en Venezuela. ¿Quién iba a imaginar que el derrocamiento de un gobierno podría opacar la poesía logística de un Hércules C-130 aterrizando en Toluca?

El dictamen, ese artefacto burocrático diseñado para santificar lo inevitable, quedó así en un limbo digno de la más absurda farsa. Por un lado, se pretendía que los discípulos locales recibieran la iluminación en “Mejorar la Capacidad” en Campeche; por el otro, que los prodigios del Mando Naval mexicano viajaran a Mississippi a “Aumentar la capacidad operacional”. Un intercambio espiritual-militar donde, por tradición, solo una de las partes termina con más alma —o, para ser precisos, con más control— que la otra.

El senador Alejandro Murat, en un ejercicio de laconismo magistral, confirmó que la sesión extraordinaria quedaba en pausa sin nueva fecha. No se necesitó mayor explicación. La timing, como dicen en el show business, lo es todo. Resulta que hay ciertas óperas de liberación, ciertos ballets de cambio de régimen, que cuando se ejecutan en vivo y en directo en el continente, exigen un discreto intervalo de silencio diplomático. No sea que la audiencia local confunda la ficción con la realidad, o peor aún, que pregunte cuál es cuál.

Así, la intervención militar demostró ser, una vez más, el mejor profesor de soberanía. La lección del día: la presencia de fuerzas especiales extranjeras se debate mejor cuando no están ocupadas reescribiendo manuales de gobierno a cañonazos a unos cuantos miles de kilómetros. El Ejecutivo Federal y el Legislativo mexicano, en un raro momento de claridad teatral, entendieron que incluso el más entusiasta de los aprendizajes debe, a veces, esperar a que el tutor termine su… digamos, proyecto principal en el vecindario.

Queda entonces el sublime espectáculo de la política: autorizar la llegada de los misioneros del poderío absoluto, pero solo después de que hayan terminado su cruzada actual. Es el delicado arte de la sumisión programada, coreografiada para no herir sensibilidades patrióticas. Un verdadero ballet de principios, donde la bota que capacita y la bota que interviene son, para alivio de todos y escarnio de nadie, la misma.

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