La sublime paradoja de importar bistecs mientras el ganado nacional aplaude

En un giro de lógica tan deslumbrante que dejaría perplejos a los mismísimos economistas del reino de Brobdingnag, los altos sacerdotes del comercio internacional han descubierto una fórmula mágica para la abundancia: ahogar la propia cosecha bajo un diluvio de productos foráneos. La Confederación Nacional de Organizaciones Ganaderas (CNOG), un grupo de nostálgicos que insiste en el arcaico concepto de “producir lo que se consume”, se atreve a cuestionar el dogma sagrado de la importación ilimitada.

Homero García de la Llata, un Quijote moderno que carga contra los molinos de viento refrigerados, presentó cifras heréticas: más de 100 mil toneladas de carne brasileña han ingresado, cual caballo de Troya cárnico, para salvar a los hambrientos consumidores mexicanos de la terrible plaga de los… precios estables. La ironía, esa dama fina, observa cómo el sector bovino nacional, que mantiene un superávit comercial envidiable, es relegado al rol de espectador en su propio banquete.

El arte de la autosabotaje alimentaria, elevado a política de Estado

Frente a esta invasión pacífica de filetes, los ganaderos locales, en un arrebato de ingenuidad patriótica, ofrecen 420 mil cabezas de ganado de excelencia. Una oferta tan conmovedora como inútil, dado que el vecino del norte, en un acto de proteccionismo vulgar, ha cerrado sus fronteras al ganado en pie. ¡Qué falta de visión! ¿Acaso no comprenden que la soberanía es un concepto líquido, que se evapora frente a la sacrosanta libertad de los mercados?

Tras rituales de diálogo con los templos burocráticos de Agricultura, Economía y Hacienda, y bajo la benévola mirada de la Presidenta, los ganaderos albergan la esperanza infantil de que la razón —esa antigua enemiga del progreso— imponga un cupo máximo. Mientras, en un coro paralelo, los porcicultores suplican que se mantenga el límite de 51 mil toneladas de cerdo importado, advirtiendo que sin él, la soberanía alimentaria no será más que una frase bonita en los discursos del Paquete Contra la Inflación y la Carestía.

El consumidor final, ese ser mitológico que nunca ve el abaratamiento prometido

La revelación más cómica de este sainete la proporciona el oráculo de la Profeco: los océanos de carne importada no han logrado domar al leviatán de los precios al público. “Los volúmenes no se correlacionan con los precios”, declara el presidente de los porcicultores, descubriendo la gran verdad incómoda: el dogma de la importación como panacea es, en el mejor de los casos, un acto de fe; en el peor, una farsa monumental.

Mientras se presenta el Plan México para la Industria Porcina, con sueños de crecimiento y autosuficiencia, la realidad impone su burla. Se nos pide creer que exponer la producción nacional a la competencia desleal de países con estándares sanitarios cuestionables es un acto de modernidad, y no la clásica estrategia de vender la viga maestra de la casa para comprar leña. El riesgo para la bioseguridad nacional y la estabilidad del mercado es, al parecer, un pequeño sacrificio necesario en el altar del libre comercio, ese dios cuyos beneficios siempre están por llegar, pero nunca se materializan en el plato del comensal.

En resumen, hemos perfeccionado el arte de la autoflagelación económica: importamos lo que podemos producir, desalentamos a quien produce, y luego nos preguntamos, con genuina perplejidad, por qué no avanzamos hacia la anhelada seguridad alimentaria. Una farsa digna de los mejores satíricos, si no fuera porque la broma la pagan setecientos cincuenta mil productores y una nación entera.

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