Tras décadas observando y participando en las mesas de diálogo comercial entre México y Estados Unidos, una lección se graba a fuego: los momentos de mayor incertidumbre política son, paradójicamente, las ventanas de oportunidad más grandes. La posible renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) bajo una nueva administración estadounidense no es una excepción.
Recuerdo claramente las tensiones previas al TLCAN original; el miedo paralizaba la ambición. Hoy, colegas como Luis de la Calle aciertan al señalar que México necesita una lista de intereses ofensiva. He aprendido que negociar desde la defensiva solo consolida pérdidas. Un líder como el presidente Donald Trump opera con una lógica distinta, donde la narrativa y los “grandes acuerdos” pueden pesar más que los tecnicismos. La propuesta de vincular desarrollo del sur de México y Centroamérica con las prioridades de seguridad y migración de EE.UU. es el tipo de idea pragmática que solo surge de entender la psicología de la contraparte.
Sin embargo, la experiencia también nos enseña a ser realistas con las probabilidades. Calcular un 25% de éxito en obtener concesiones arancelarias favorables no es pesimismo, es prudencia estratégica. He visto cómo las mayorías congresionales en Washington pueden sepultar incluso los acuerdos más prometedores. El escenario más probable, con un 60% de posibilidades, son las revisiones anuales continuas. Aquí es donde la verdadera fortaleza del T-MEC se revela: nos da un piso, un marco de reglas que, aunque imperfecto, es infinitamente mejor que la volatilidad del comercio sin reglas.
La sugerencia del también economista Gerónimo Gutiérrez de establecer un acuerdo explícito en seguridad siguiendo el modelo del Tratado de Aguas de 1944 es una joya de sabiduría práctica. En mi trayectoria, los mecanismos institucionales y burocráticos —a menudo menospreciados— son los que perduran y blindan la relación de los ciclos políticos. Crear secciones nacionales que reporten a sus gobiernos genera continuidad y profesionaliza la cooperación, algo que ambos países necesitan desesperadamente.
En conclusión, la posición privilegiada de México no es un regalo, es un activo negociador ganado con décadas de integración. La lección final es clara: debemos entrar a esta posible revisión no con temor a lo que podemos perder, sino con la ambición clara de lo que podemos ganar, empaquetando propuestas audaces que resuelvan problemas reales para ambos lados de la frontera. La teoría sugiere cautela; la experiencia vivida exige ambición inteligente.















