En un despliegue de cordialidad que parecía sacado de un manual de protocolo del siglo pasado, el canciller Juan Ramón de la Fuente recibió con una sonrisa institucional a Mary Simon, gobernadora general de Canadá, en el aeropuerto que es orgullo nacional y misterio para muchos viajeros: el Felipe Ángeles.
La visita, dicen, busca fortalecer los lazos bilaterales. Porque nada une más a dos naciones que una serie de reuniones donde se reiteran compromisos que todos aplauden y nadie recuerda al día siguiente.
La Secretaría de Relaciones Exteriores informó que la agenda incluye una reunión con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en Palacio Nacional.
Ahí, en esos salones donde las paredes han escuchado promesas de todo tipo, se abordarán “temas prioritarios”. Un eufemismo maravilloso que puede significar desde acuerdos comerciales millonarios hasta la decisión sobre el diseño de los nuevos tazones diplomáticos.
Lo verdaderamente notable es que Mary Simon es la primera persona indígena en ocupar ese cargo en Canadá. Su agenda, se nos dice con solemnidad, impulsa la reconciliación social y el bienestar de los pueblos originarios.
Qué oportuno entonces que visite un país donde lo originario suele ser más adorno folclórico que realidad política. La ironía se sirve fría, como el clima canadiense.
Su visita busca dar seguimiento a los acuerdos derivados de la visita del primer ministro Mark Carney en septiembre del año pasado.
Porque en diplomacia, lo importante no es resolver problemas, sino dar seguimiento a los seguimientos. Un ciclo perpetuo de reuniones que justifican más reuniones.
Acompañada por su esposo y una comitiva de funcionarios cuya principal función parece ser sonreír para las fotos, Simon fue recibida como lo que es: un símbolo. Un recordatorio vivo de que a veces el sistema permite excepciones que confirman la regla.
Mientras los comunicados hablan de diálogo sobre políticas públicas para indígenas, uno no puede evitar preguntarse si estas conversaciones en palacios cambiarán algo en las comunidades reales. O si simplemente serán otro capítulo en el eterno teatro de lo políticamente correcto internacional.
La relación México-Canadá es estratégica, nos repiten. Como todas las relaciones entre países que comparten intereses económicos y necesitan mantener la farsa de que la diplomacia trata sobre ideales y no sobre dinero.
















