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Michoacán triplica su superficie de áreas naturales protegidas

Un esfuerzo colectivo sin precedentes triplica la superficie bajo protección estatal, integrando tecnología y sabiduría ancestral.

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MORELIA, Michoacán

Con los años, he aprendido que las verdaderas victorias en conservación no se miden en discursos, sino en hectáreas concretas salvaguardadas. Por eso, la noticia de que Michoacán ha incrementado su patrimonio natural protegido de 72,418 a más de 231,343 hectáreas en apenas un cuatrienio no es solo un dato; es un hito histórico que recuerda los esfuerzos que iniciaron hace décadas.

El Gobernador Alfredo Ramírez Bedolla se ha fijado una meta audaz: superar el medio millón de hectáreas bajo esquemas de protección. Desde mi experiencia, sé que estos compromisos requieren más que voluntad política; exigen una visión a largo plazo que trascienda los periodos de gobierno. La clave, como bien se está haciendo, reside en la colaboración entre los tres órdenes de gobierno. He visto proyectos naufragar por la descoordinación, pero aquí se está construyendo una estrategia integral.

La teoría es bonita, pero la práctica me ha enseñado que la vigilancia es el talón de Aquiles de cualquier área protegida. Por eso, el uso de tecnología satelital para el monitoreo no es un lujo, es una necesidad. Combina esto con la creación de corredores biológicos —esas autopistas vitales para la fauna que evitan el aislamiento genético— y entonces tienes una política seria y robusta.

Pero el verdadero cambio de paradigma, lo que marca la diferencia entre un decreto en el papel y una conservación viva, es la inclusión de las comunidades. Recuerdo proyectos impuestos desde un escritorio que fracasaron estrepitosamente. El rescate del lago de Pátzcuaro es el ejemplo opuesto: un esfuerzo colectivo donde los habitantes, mediante el Programa de Empleo Temporal, se convierten en guardianes de su tierra, realizando reforestación y restaurando suelos. Esto genera un sentido de pertenencia que ninguna ley puede imponer.

La entrega de certificados de Áreas Destinadas Voluntariamente a la Conservación a las comunidades indígenas de Santa Fe de la Laguna, San Andrés Tziróndaro, Oponguio, Napízaro y San Jerónimo Purenchécuaro es quizás la lección más valiosa. No se trata solo de proteger 8,200 hectáreas de bosque en el corredor biocultural del lago; se trata de reconocer y potenciar una conservación que ya existía, basada en la sabiduría ancestral y el profundo respeto por la naturaleza. Al final, el legado más importante no será la cifra final de hectáreas, sino la calidad del aire, el agua limpia y la biodiversidad que heredemos a las futuras generaciones de michoacanos y mexicanos.

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