Imaginen, si les parece, un pequeño teatro del absurdo montado en la plaza Hijas de Tampico. Allí, una veintena de actores, con las manos encallecidas por el oficio real que representan, interpretaban una tragicomedia muy veracruzana.
Su escenario habitual, la Playa Hermosa en Pueblo Viejo, les había sido arrebatado. El guión oficial hablaba de un “retiro”. Ellos lo vivían como un destierro. Sin aviso previo ni explicación que calmara la marea de la incertidumbre.
“Esto no es un simple cambio de locación. Es poner en riesgo el pan de cada día para nuestras familias”, podía escucharse entre el pequeño grupo. La metáfora era clara: alejar al pescador del mar es como arrancarle las raíces a un árbol.
El impacto resonaba más allá de la economía inmediata. Se trataba de una tradición que se deshilachaba, un conocimiento ancestral sobre esas aguas que se declaraba súbitamente prescindible. La burocracia, ese gran director de escena invisible, había decidido que el último acto de esta comunidad debía ser fuera del agua.
Pero el público no se iba a casa. Los pescadores anunciaron que la función continuaría. Su próxima escena: buscar a las autoridades, esos otros actores a menudo ausentes del teatro social, para exigir una reescritura urgente del libreto. La lucha por seguir siendo quienes son –pescadores– apenas comenzaba.


















