Sarampión resurge en México con más de 7 mil casos

La alarma sanitaria está encendida. El sarampión, una enfermedad que muchos daban por superada, ha regresado con fuerza a México y mantiene en vilo a las autoridades.

Los números hablan claro. Desde febrero del año pasado, el sistema de vigilancia epidemiológica ha confirmado 7,131 casos en todo el país. La cifra más dura: 24 personas han perdido la vida a causa del virus.

De este total, 21 muertes ocurrieron en el estado de Chihuahua, mientras que una defunción se registró en Jalisco.

Los más pequeños son los más afectados. El grueso de los contagios se concentra en niñas y niños de 1 a 4 años, con más de mil casos. Les sigue el grupo de 5 a 9 años.

Ante esta ola, el gobierno mexicano ha decidido reforzar la vacunación en puntos clave como aeropuertos y centrales de autobuses. La idea es crear un escudo inmunológico en zonas de alta movilidad para frenar la transmisión.

¿Por qué es tan peligroso? El sarampión es un virus que se propaga con facilidad a través de la saliva, tos o estornudos. Sus síntomas son una fiebre alta, congestión nasal, irritación ocular y la famosa erupción cutánea que empieza en el rostro.

La falta de atención médica puede desencadenar complicaciones graves, sobre todo en menores y personas con defensas bajas.

La solución, sin embargo, es conocida y efectiva: la vacuna. En México se aplican dos tipos: la triple viral (SRP) para la infancia y la doble viral (SR) para adolescentes y adultos.

El IMSS es claro sobre quiénes deben recibirla: desde bebés de seis meses hasta adultos de 49 años sin su esquema completo. También se recomienda para personas lactantes o con padecimientos leves.

Pero hay excepciones. No debe aplicarse si hubo una reacción alérgica grave previa a la vacuna, si hay alergia a un componente llamado neomicina, en menores con fiebre alta o en mujeres embarazadas (o que planeen estarlo en los próximos tres meses).

El mensaje final es contundente. En un mundo hiperconectado donde los virus viajan rápido, la vacunación no es solo un acto personal, sino una responsabilidad colectiva. Es la herramienta más poderosa para cortar la cadena de contagio y proteger a los más vulnerables.

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