Desde mi experiencia observando la diplomacia y el derecho internacional, he visto cómo los principios más nobles a menudo se ponen a prueba en casos políticamente sensibles. La postura de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo sobre la situación de Nicolás Maduro refleja una de esas complejidades prácticas: defender el debido proceso incluso cuando la opinión pública global puede estar polarizada.
He aprendido que en política exterior, las declaraciones en momentos de crisis definen el carácter de una nación. Al hacer un llamado para que Maduro enfrente un proceso judicial equitativo en Estados Unidos, tras la operación militar que resultó en su aprehensión, Sheinbaum no habla solo de un individuo, sino que reafirma una doctrina jurídica fundamental. En mi trayectoria, comprobé que separar la persona del principio es la primera lección para cualquier gobierno que se precie de ser serio en materia de derechos humanos.
¿Qué declaró Claudia Sheinbaum sobre Maduro?
Su respuesta ante los cuestionamientos de la prensa fue un ejercicio de precisión legalista. Subrayó que la garantía del debido proceso debe prevalecer siempre, una máxima que, en la práctica, muchos descuidan por conveniencia. “Pero en este caso, lo que uno, ya detenido el presidente Maduro, lo que uno pide es juicio justo siempre. Eso es lo que hay que pedir, realmente para todos y en cualquier circunstancia y en esta en particular, pues tiene que haber celeridad y justicia”, expresó. Esta insistencia en la “celeridad y justicia” me recuerda casos pasados donde la dilación procesal fue, en sí misma, una forma de injusticia. Es un recordatorio práctico: un juicio justo requiere tanto un marco legal robusto como eficiencia institucional.
Detalles sobre la detención de Nicolás Maduro
Su reacción previa al retiro de los cargos por el Departamento de Justicia estadounidense—que lo vinculaban al presunto Cártel de los Soles—fue reveladora. Un simple “Muy interesante”, citando el reporte de The New York Times, seguido de la reiteración del apego a la ley, dice mucho. En este oficio, he visto cómo lo que no se dice a veces resuena más fuerte. Al enfocarse en el procedimiento por encima del escándalo mediático, la mandataria evita caer en el juego geopolítico de declaraciones incendiarias y se ancla en lo que, con los años, he identificado como lo único perdurable: el estado de derecho. La lección aquí es clara: en asuntos internacionales espinosos, la consistencia en los principios otorga una credibilidad que las posturas oportunistas nunca podrán alcanzar.

















