Un Llamado a Despertar al Gigante de Cristal
Desde el sagrado recinto de la política nacional, nuestra Iluminada Guía, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, ha lanzado un grito desgarrador —o al menos un comunicado de prensa firmemente redactado— hacia el coloso de vidrio y cemento a orillas del East River. Con la delicadeza de un neurocirujano usando un mazo, ha diagnosticado al paciente: la Organización de las Naciones Unidas sufre de un “letargo” crónico, una modorra burocrática tan profunda que hace parecer a la Bella Durmiente como una insomne consumidora de café.
El Multilateralismo como Mantra y la Burocracia como Religión
La mandataria, con la fe inquebrantable de quien cree en los unicornios de la diplomacia, subrayó que el multilateralismo debe ser el eje de la convivencia planetaria. ¡Vaya revelación! Mientras los tanques avanzan y los drones surcan los cielos, ella recuerda a las naciones —especialmente a aquellas con ejércitos más grandes que el PIB de países enteros— que existe un librito llamado Carta fundacional. Un documento tan venerado y seguido al pie de la letra como los términos y condiciones de una aplicación móvil.
“Tiene que haber fortaleza en todas las naciones”, proclamó, en un alarde de obviedad digno de los mejores analistas. Pero la joya de la corona fue su visión para el futuro: la ONU necesita un “resurgimiento”, no un “fortalecimiento burocrático”. Una distinción tan fina y esperanzadora como pedirle a un elefante que baile ballet clásico sin hacer ruido. Pronto se elegirá un nuevo Secretario General, un puesto que, en la práctica, equivale a ser el mayordomo principal de una mansión donde los inquilinos se dedican a arrojar platos y muebles por las ventanas.
La Carta Vigente en un Mundo de Sordera Selectiva
Con una solemnidad que conmovería a las piedras, la jefa del Ejecutivo federal sostuvo que la Carta de las Naciones Unidas sigue “plenamente vigente”. ¡Aleluya! Es tan vigente como las leyes de la física, aunque algunos miembros permanentes del Consejo de Seguridad se comporten como si existiera un agujero de gusano que les permita ignorarlas cuando les conviene. Corresponde, nos dice, a todos los Estados defenderla, especialmente en momentos de tensión internacional; es decir, siempre.
El llamado final fue poético en su desesperación: que el organismo supere sus inercias administrativas y se convierta en un “verdadero espacio de construcción de la paz”. Una idea tan noble, tan pura, tan utópica, que uno casi puede ver a los delegados dejando de lado sus vetos, sus intereses geopolíticos y sus discursos interminables para, finalmente, tomarse de las manos y cantar “Kumbayá” en el Salón de la Asamblea General. Mientras tanto, en el mundo real, el letargo —ese sueño burocrático protegido por muros de informes, siglas y café amargo— sigue su curso imperturbable.
















