México ante el mundo: Una postura soberana más allá de la conveniencia
En un momento donde la geopolítica global suele regirse por la ley del más fuerte, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, desde Tlaxcala, no solo reiteró una postura, sino que reactivó un pilar filosófico de la identidad internacional de México. Frente a eventos como la intervención en Venezuela, su mensaje fue una reivindicación profunda de la Doctrina Estrada, un principio que trasciende la mera no injerencia para convertirse en una defensa radical de la autodeterminación de los pueblos.
Pero, ¿y si miramos más allá? ¿Y si esta postura no es un simple reflejo condicionado, sino la semilla de un nuevo paradigma diplomático? En un mundo hiperconectado pero fracturado, la insistencia en la solución pacífica y el multilateralismo estricto —anclada en la Constitución y en la Carta de la ONU— se erige como un acto de disrupción. Desafía la noción convencional de que la fuerza es el lenguaje primario de la política exterior. En su lugar, propone un modelo donde la legitimidad emana del derecho internacional y del diálogo, no del poderío militar unilateral.
La afirmación de mantener una relación de colaboración sin subordinación con Estados Unidos es quizás el punto más visionario. Rompe el esquema binario de sumisión o confrontación. Imagina una diplomacia asimétrica donde un país puede ser socio crítico, un contrapeso constructivo que, desde la firmeza de sus principios, obliga a repensar las dinámicas de poder establecidas. Es una jugada de pensamiento lateral: en lugar de oponerse frontalmente al gigante, se le interpela con el marco legal que él mismo ayudó a construir.
Esta postura transforma un “problema” de percepción —ser la voz discordante— en una oportunidad estratégica. México podría posicionarse no como un actor neutral, sino como un arquitecto de puentes y un guardián del derecho internacional en una región en ebullición. Es un llamado a innovar en la arena diplomática, a conectar el principio de no intervención con la urgente necesidad de nuevos mecanismos de resolución de conflictos. La verdadera revolución no está en las armas, sino en la capacidad de sostener, contra viento y marea, que la soberanía y la paz son dos caras de la misma moneda en el siglo XXI.















