Una Soberanía Reimaginada: Más Allá del No Intervencionismo
En un tablero geopolítico donde las potencias históricamente han jugado a redibujar fronteras de influencia, la presidenta Claudia Sheinbaum no solo plantea un rechazo, sino un cambio de código en las reglas del juego. El conflicto con Estados Unidos y Venezuela, y la narrativa del fentanilo como justificación para acciones unilaterales, no son meros incidentes diplomáticos; son la punta de lanza de un paradigma obsoleto. Sheinbaum desafía este guion, proponiendo una soberanía proactiva, no defensiva.
¿Y si la verdadera intervención no es militar, sino intelectual? La mandataria señala con precisión quirúrgica que la injerencia foránea es una violación a la autodeterminación. Pero su visión va más lejos: no se trata solo de proteger el territorio, sino de reprogramar el futuro. Su estrategia de seguridad, presentada en dos ejes, es un manifiesto disruptivo: desactivar el reclutamiento del crimen ofreciendo esperanza tangible a la juventud y erradicar la impunidad no con más fuerza bruta, sino con un Estado de derecho impecable. Es una apuesta por sanar el ecosistema social, no solo por perseguir síntomas.
La Cooperación Simétrica: Un Antídoto contra la Subordinación
Sheinbaum ejecuta un análisis lateral brillante al evocar el caso de Genaro García Luna. En lugar de un simple escándalo, lo presenta como la metáfora definitiva del fracaso del modelo de subordinación: ¿de qué sirve la presencia directa de agencias como la DEA si el problema se incuba en las altas esferas de la corrupción? Su pregunta “¿Y de qué sirvió?” resuena como un mantra para cuestionar todas las soluciones importadas y mal adaptadas.
Al rechazar las amenazas de figuras como Donald Trump y extender su postura a naciones como Colombia, la presidenta conecta puntos aparentemente inconexos: la defensa de la soberanía y la promoción de la democracia. Plantea que la autonomía nacional y el multilateralismo son las dos caras de la misma moneda para construir estabilidad. No es un aislamiento, sino una colaboración desde la equidad.
Este posicionamiento no es un simple discurso diplomático. Es un manifiesto visionario que redefine la seguridad no como una guerra contra enemigos externos o internos, sino como la construcción de un contrato social robusto y atractivo. Desafía la suposición arraigada de que los problemas complejos como el narcotráfico se solucionan con mayor intervención externa, y propone un camino alternativo: la verdadera fortaleza reside en la justicia interna, la oportunidad para los jóvenes y la cooperación internacional basada en el respeto, no en la dominación. El mensaje es claro: la próxima revolución en seguridad no se ganará con más armas, sino con más ideas.















