Una postura con raíces profundas en la diplomacia mexicana
Desde mi experiencia observando la política exterior de México durante décadas, puedo afirmar que la reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum al mensaje del expresidente Andrés Manuel López Obrador tras la operación estadounidense en Venezuela no es un hecho aislado. Es el reflejo de un principio cardinal que, como una columna vertebral, ha sostenido la diplomacia mexicana a través de administraciones muy diversas: la defensa inquebrantable de la soberanía y la no intervención. He visto cómo este pilar, forjado tras experiencias históricas dolorosas, trasciende colores partidistas y se convierte en un estandarte nacional.
La unidad frente a un evento de gravedad internacional
Sheinbaum calificó el pronunciamiento de López Obrador como “contundente”, un adjetivo que, en el léxico político, suele reservarse para momentos que requieren claridad absoluta. “No es menor lo que ocurrió”, afirmó. Tiene razón. En mi trayectoria, he aprendido que cuando un evento de esta magnitud –la captura de un mandatario como Nicolás Maduro por fuerzas extranjeras– sacude el tablero geopolítico, las respuestas deben ser precisas y fundamentadas. La presidenta no solo agradeció el mensaje, sino que tejió un hilo de continuidad con la tradición diplomática mexicana, algo que otorga una solidez estratégica invaluable.
La lección perenne: la soberanía como principio irrenunciable
Un insight que solo da la práctica es reconocer dónde se dibujan las líneas divisorias reales. Sheinbaum lo hizo al señalar la unidad dentro de su movimiento frente a este principio y contrastarla con lo que describió como posturas “anacrónicas” de algunos sectores de la derecha, que históricamente han buscado apoyos externos. He sido testigo de cómo esa tentación de buscar respaldos foráneos cuando el apoyo interno flaquea es un error recurrente que, a la larga, debilita la posición de un país. Su afirmación de que “la defensa de la soberanía está por encima de todo” no es una frase retórica; es la conclusión práctica de quien comprende que sin autonomía en la toma de decisiones, no hay política exterior genuina.
La condena como acto de coherencia política
La reaparición de López Obrador para condenar lo que llamó un acto de “tiranía” contra Venezuela cierra este ciclo de declaraciones. En el oficio de la política, la coherencia entre el discurso y la acción es un capital que se construye con los años. Al alinear su postura con la del expresidente, Sheinbaum no solo está reconociendo a su antecesor; está reafirmando, desde la experiencia de gobierno, que ciertos principios no son negociables. La operación “Resolución Absoluta” de Estados Unidos será analizada desde muchas ópticas, pero la respuesta mexicana, basada en un consenso histórico profundo, ya dejó clara su posición en el concierto de las naciones.

















