La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo sostuvo que los expresidentes de México que gobernaron antes de Andrés Manuel López Obrador dejaron una secuela profunda en el país, un legado asociado al periodo que su administración identifica como neoliberal. Durante su conferencia de prensa matutina en Palacio Nacional, la mandataria argumentó que es necesario mantener en la discusión pública las figuras y las políticas de ese pasado reciente para comprender el contexto actual y los avances que, a su juicio, se han logrado en los últimos siete años.
Sheinbaum hizo referencia explícita a personajes como el expresidente Felipe Calderón y su entonces secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, quien actualmente cumple una condena en Estados Unidos por delitos relacionados con el narcotráfico. Para la presidenta, el olvido no es una opción. “No puede uno decir que ya no se puede hablar de Salinas de Gortari, o de Zedillo, o de Fox y el desafuero, o de Calderón y García Luna porque sí dejaron una secuela en el país”, afirmó, subrayando que las consecuencias de aquellas administraciones permanecen y deben ser reconocidas.
Este posicionamiento no es meramente histórico, sino que establece un contraste deliberado con la gestión actual. Sheinbaum enmarcó sus declaraciones dentro de una defensa de los logros de su gobierno y el de su predecesor, López Obrador. Citó, como evidencia de un rumbo diferente, que 13.5 millones de mexicanos han salido de la pobreza y que se ha registrado el mayor aumento de la clase media en la historia reciente del país. Estos datos, según su perspectiva, representan una ruptura tangible con las dinámicas del pasado.
La mandataria fue más allá al sugerir que estos avances socioeconómicos, junto con una reducción en las cifras de homicidios, son factores que han afectado políticamente a la oposición. Implícitamente, trazó una línea divisoria donde el proyecto político que representa se asocia con progreso tangible y bienestar, mientras que el periodo anterior queda ligado a resultados negativos y a figuras ahora cuestionadas o enjuiciadas.
El núcleo de su argumento recae en la necesidad de una memoria política activa. “Hay que seguir nombrando lo que ocurrió en el pasado”, insistió, conectando directamente la llamada guerra contra el narcotráfico, que definió el sexenio de Calderón, con el caso de García Luna. Al hacerlo, Sheinbaum no solo critica una estrategia de seguridad específica, sino que cuestiona los fundamentos éticos y de eficacia de un modelo de gobierno completo. Su discurso transforma casos judiciales individuales en símbolos de una falla sistémica más amplia.
Este análisis presenta una narrativa de claro contraste: un antes y un después demarcado por la llegada de López Obrador a la presidencia. La “secuela” de la que habla Sheinbaum se refiere a las huellas duraderas de políticas económicas, decisiones de seguridad y, en última instancia, a un estilo de gestión que, desde su óptica, priorizó otros intereses por encima del bienestar de la mayoría. Al mantener viva la referencia a esos expresidentes y sus colaboradores, la presidenta busca consolidar una interpretación de la historia reciente que justifique y dé sentido a las políticas de la llamada Cuarta Transformación, al tiempo que define a la oposición como heredera de ese legado problemático.
El tono utilizado, firme y didáctico, refleja una estrategia comunicativa que busca educar a la ciudadanía en una lectura particular de las últimas décadas. No se trata solo de recordar, sino de interpretar los hechos desde una perspectiva que sustente el proyecto político actual. Esta reescritura constante del pasado inmediato es un elemento fundamental en la construcción de la legitimidad presente y futura de su gobierno, estableciendo una línea de continuidad entre la crítica al neoliberalismo y la promoción de un estado de bienestar ampliado como antídoto directo a esas secuelas.

















