La normalidad es un concepto relativo. En Culiacán, esta semana, la normalidad incluyó encontrar un cuerpo descuartizado dentro de una hielera. La rutina del horror continúa.
Las autoridades recibieron el aviso: detonaciones en un taller mecánico en la colonia CNOP. Al llegar, solo encontraron el silencio posterior a la tragedia y a una víctima.
Según las primeras versiones, el objetivo era un joven trabajador. Su madre, Alejandra ‘N’, de 78 años, se interpusó. Recibió los disparos destinados a su hijo. Los agresores huyeron. La lógica del crimen no tiene piedad ni límite de edad.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, la educación y la muerte se encontraron. Frente a la Facultad de Agronomía de la UAS, en Costa Rica, una camioneta Ford Bronco nueva guardaba un secreto macabro en su cajuela: el cuerpo de un hombre joven, sin identificación, acribillado a balazos.
La geografía del miedo se expande. En la colonia Lomas del Magisterio, otro hombre fue hallado en la calle, también baleado y también sin nombre. La anonimización es parte del protocolo.
La carretera Benito Juárez, cerca de La Platanera, fue el siguiente escenario. Una pick-up abandonada contenía otro cuerpo masculino envuelto y con múltiples impactos de bala.
Para cerrar este mapa sangriento, la Fiscalía reportó un hallazgo más sobre la autopista Mazatlán-Culiacán, en Elota. Otro hombre. Otros balazos. Otra identidad por confirmar.
Cuatro muertos confirmados, una mujer anciana herida y un nivel de brutalidad que incluye el cercenamiento. Un día cualquiera en Sinaloa.

















