La noticia llegó fría, en un comunicado a la Bolsa. Carlos Slim acordó comprar Fieldwood México, una subsidiaria de la petrolera rusa Lukoil, por 270 millones de dólares. Pero los números oficiales solo cuentan una parte de la historia.
Lo que realmente llama la atención es lo que hay detrás. La transacción se hizo a través de Zamajal, filial de Grupo Carso, y viene con una mochila pesada: 330 millones de dólares en deuda que Slim asume. ¿Por qué cargar con ese pasivo?
La respuesta podría estar bajo el agua. Fieldwood México tiene el 50% de dos campos offshore: Ichalkil y Pokoch, en el Golfo de México frente a Campeche. Con esta compra, Slim tomaría el control total de unos 58 km² de aguas someras consideradas estratégicas.
La operación aún está sujeta a aprobaciones regulatorias en México, como la Secretaría de Energía, así como la autorización específica de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) de Estados Unidos para completar la transacción.
Ahí está el primer nudo. La OFAC estadounidense debe dar el visto bueno a una transacción que involucra activos rusos. En el actual clima geopolítico, eso no es un trámite menor.
Pero el contexto es más revelador. Esto ocurre mientras Pemex lucha financieramente y el sector necesita inversión privada. Slim no está simplemente comprando una empresa; está tejiendo una red de influencia en un sector clave para el país.
La pregunta persistente queda flotando: ¿Esta es solo una movida financiera astuta o hay una estrategia más profunda para moldear el futuro energético mexicano desde las sombras? Los documentos oficiales callan esa parte.
















