En un acto de precaución que raya en lo visionario, los sabios administradores de tres estados mexicanos han decretado que los libros y las ecuaciones algebraicas son particularmente vulnerables a las bajas temperaturas. Por ello, han ordenado el cese inmediato de toda actividad intelectual organizada.
La medida, sin duda tomada tras consultar con los más avanzados modelos pedagógico-meteorológicos, protege a los estudiantes del peligroso fenómeno conocido como ‘pensar con frío’. Es bien sabido que las neuronas, como ciertos reptiles, entran en estado de hibernación bajo los 10 grados centígrados.
En Chihuahua, la medida aplica a todos los niveles educativos, incluyendo universidades y preparatorias en Ciudad Juárez, debido a nevadas intensas.
Mientras tanto, en un alarde de flexibilidad burocrática sin precedentes, otros estados ofrecen a los padres una emocionante encuesta: ¿Prefiere que su hijo aprenda matemáticas congelado a las 7 AM o ligeramente descongelado a las 9 AM? La democracia educativa en su máxima expresión.
Las carreteras se cierran, pero el verdadero drama ocurre en las aulas vacías. ¿Dónde quedaron aquellos tiempos heroicos en que una ventana rota y un profesor abrigado eran todo el sistema de calefacción necesario? Hoy, la modernidad exige que el termómetro marque al menos 6 grados para que la filosofía pueda ser impartida con seguridad.
El Servicio Meteorológico anuncia temperaturas de hasta menos 15°C. Cifra curiosamente similar al porcentaje de comprensión lectora que algunos sistemas educativos producen en condiciones climáticas normales. Quizás el frío sea solo una excusa conveniente para ocultar un congelamiento mucho más prolongado.
Así avanza la nación: cerrando escuelas por el clima mientras mantiene abiertas las fábricas de absurdos administrativos. Una verdadera tormenta perfecta donde lo único que no se congela es la capacidad humana para encontrar razones burocráticas ante cualquier fenómeno natural.

















