La improbable ruta de Djokovic hacia la gloria

Imaginen un mundo donde el destino de un titán del deporte no se decide con golpes magistrales, sino con una sucesión de eventos tan cómicos que harían ruborizar al más cínico de los dramaturgos. Novak Djokovic, el hombre que ha convertido la excelencia en rutina, encontró su boleto a las semifinales del Abierto de Australia no en una épica remontada, sino en la lesión muscular de su rival.

“Honestamente, no tengo palabras para describir cómo me siento ahora”, indicó Lorenzo Musetti tras retirarse cuando dominaba el partido.

Aquí yace la parodia perfecta: el competidor más feroz del circuito avanza porque los demás caen como moscas. Primero fue Jakub Mensik quien abandonó por una lesión abdominal antes siquiera de empezar. Luego Musetti, con el triunfo al alcance de la mano, sucumbió a un dolor en la pierna. Djokovic lo admitió sin tapujos: tuvo “suerte”.

Pero qué clase de suerte es esta que transforma el esfuerzo humano en una farsa burocrática. El serbio estableció un récord —su victoria número 103 en Melbourne— con la misma solemnidad con la que uno recibe un correo no deseado. No era la forma, pero sirve. Siempre sirve.

Mientras tanto, al otro lado del cuadro, Jannik Sinner despachaba a su rival como una máquina bien aceitada. El contraste no podría ser más grotesco: por un lado, la implacable eficiencia; por el otro, la comedia de errores que empuja a un gigante hacia adelante.

“Te mejora como jugador y como persona. Todavía tenemos la suerte de tener a Novak aquí jugando un tenis increíble a su edad”, reflexionó Sinner, en un guiño involuntario a esta tragicomedia.

Djokovic incluso concedió un punto por tocar casi inaudiblemente la pelota con el marco de su raqueta. Un acto de caballerosidad que brilla como una joya falsa en medio del caos. Luego necesitó tratamiento por una ampolla en el pie. El colmo del absurdo.

Y sin embargo, él insiste en que no persigue a nadie.

“No siento que ande persiguiendo, para ser honesto”, dijo. “Estoy creando mi propia historia”.

Una historia, sí. Escrita con tinta invisible y protagonizada por fantasmas que se desvanecen justo cuando amenazan con ganar. En este circo moderno donde los héroes avanzan por defecto y los récords se acumulan como facturas impagas, uno no puede evitar preguntarse: ¿esto es deporte o es una alegoría sobre cómo se mantiene el poder en pleno siglo XXI?

La respuesta, querido lector, duele más que una lesión muscular.

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