Este domingo, con la solemnidad que merece cualquier fecha marcada en el calendario oficial, México celebró el Día Nacional del Ajolote. Una criatura capaz de regenerar extremidades, pero incapaz de regenerar el hábitat que le arrebatamos cada día.
“Monstruo de agua”, le llamaron los antiguos. Hoy, el verdadero monstruo somos nosotros.
Mientras las instituciones despliegan programas con nombres hermosos como “Adopta un ajolote”, seguimos adoptando estilos de vida que condenan a toda la especie. La paradoja es tan mexicana como el propio anfibio: celebramos lo que destruimos.
Xochimilco, ese museo flotante de lo que alguna vez fue un ecosistema vivo, ahora es el santuario último donde estos animales practican la resiliencia como arte performático. Regeneran sus patitas mientras nosotros no podemos regenerar ni un metro cuadrado de lago sano.
Lo más brillante de esta farsa conservacionista es cómo hemos convertido al ajolote en mercancía cultural. Aparece en monedas, murales y mascotas deportivas, mientras su mundo real se reduce a charcos contaminados. Lo adoramos en abstracto y lo exterminamos en concreto.
Las chinampas restauradas son como islas de cordura en un océano de locura urbana. Visitamos los museos, nos tomamos selfies con los animalitos, y luego volvemos a nuestras vidas que contribuyen directamente a su desaparición.
El ajolote sobrevive manteniendo características larvarias toda su vida. Nosotros, en cambio, hemos alcanzado una madurez tan avanzada que podemos declarar días nacionales para especies que extinguimos sistemáticamente. Eso sí es evolución.
















