En un giro que sorprendió a nadie, Cruz Azul vuelve a protagonizar su especialidad: la autodestrucción. El Clausura 2026 se inaugura con la partida de Ignacio Rivero, el último hombre que parecía creer en el proyecto. Tras cinco años y medio, el uruguayo huye a Tijuana, probablemente buscando un clima más soleado y, sobre todo, menos drama.
La institución ahora se enfrenta a un vacío de liderazgo tan grande como su historial de fracasos recientes. Nicolás Larcamón, el entrenador en turno en esta tragicomia perpetua, ya tendría sus candidatos. La primera opción es Andrés Gudiño, el guardameta que resultó ser menos desastroso de lo esperado cuando Kevin Mier se lesionó. Un verdadero halago.
Luego está Erik Lira, el segundo capitán. Es decir, el hombre que llevaba el brazalete cuando Rivero no podía. Su principal credencial es haber “sumado gran identidad con los fanáticos”, lo que en Cruz Azul significa no haber sido abucheado en los últimos seis meses.
Finalmente, Carlos Rodríguez, “uno de los mejores futbolistas del equipo”. En cualquier otro club esto sería un mérito. En La Máquina, es casi una sentencia de muerte. Portar el gafete aquí equivale a ponerse una diana en el pecho.
El imponente jugador, que era capitán del equipo, fue una de las bajas del club.
Mientras tanto, Rivero jugará en Tijuana. Lejos del peso de la historia, lejos del monumento al fracaso que es el Estadio Azteca los sábados por la tarde. Cruz Azul arrancará ante León buscando no perder por goleada. Como siempre.
La verdad incómoda detrás de esta farsa es simple: en este club, la capitanía no es un honor; es una condena. El puesto no busca a un líder, sino a un chivo expiatorio para la próxima crisis. Y siempre hay una próxima crisis.


















